jueves, 21 de septiembre de 2017

En Viernes.

-Bueno.
Le miro de reojo. Hace unas semanas me hubiera reído, por tapar el silencio, yo qué sé, y luego habría dicho algo estúpido "Ya te digo" "Desde luego" "Lo tuyo es grande." Me digo que ahora ya no digo esas cosas, que puedo mantener el silencio, pero es mentira. Sí, es mentira porque me sigue poniendo nerviosa, puedo repetir muchos sinónimos: que me altera, que me excita, que me hace enrojecer, y la verdad seguirá siendo la misma. La verdad de que sus ojos son tan tranquilos que una mierda me tranquilizan si no que me cosquillean en las comisuras de la boca y me fuerzan a no sonreír, porque Dios, chispean, y me hacen enmudecer o humedecer, para el caso es lo mismo, no respires, no pongas puntos, de esto se trata este discurso de soltarlo todo sin respirar para que el oxígeno no llegue al cerebro y utilice la conciencia en mi contra punto te digo que no es normal a estas alturas de mi vida que tenga una lista de adeptos al fracaso amoroso pero que ya estoy harta de numerarles, de encontrarles hueco en mis costillas y acariciarles en silencio porque sólo me dan silencio, ninguno grita, ninguno se declara y para qué hacerlo yo punto lo que no es normal es que yo me enamore tanto y me defino como enamoradiza pero no es así, sólo tengo la buena o mala suerte, depende de la perspectiva, de encontrarme a mitades que tienen los vacíos que rellenan mis huecos, como si fuéramos un puzzle, ay, David, Goliat cuántos sueños habéis poblado. Ya era hora de poner un punto.
-¿Cuándo te vas?-Pregunto. No le miro, seguimos andando, sin prisa, pero con un destino fijo.
-¿Cómo?
Le ha salido esa voz que pone cuando acaba de escaparse de sus pensamientos.
-Sí, que cuándo te vas a casa de
-El martes-Me interrumpe.
-Ya.-Toso.- ¿Y?
Esta vez me mira. Siento sus ojos  así que le busco con los míos.
Se encoge de hombros. Suspiro. A veces los hombres son inútiles. No saben leer entre líneas.
-¿Puedo soltar una cosa?
No sé porqué lo he dicho. Los dos nos tensamos. Es la primera vez que estamos en un situación así. Ya sabes, esa situación que no controlas, donde la otra persona te puede salir por cualquier lado pero seguro que no es algo bueno, seguro que es algo serio porque si fuera algo banal no haría falta la pregunta. Así que como la tensión está en el aire paro de caminar  y me meto las manos en los bolsillos. Él sigue andando pero se gira al cabo de dos pasos.
-Llevo guardándome esto mucho tiempo ¿sabes? porque intento cambiar un poco o no o sólo volver a la chica que era antes. Y llevo mil años leyendo entre líneas y estoy harta, nunca se me dio bien, y ni mil ni dos mil años me van a hacer entender que aquello que se lee de pasada nunca se va a entender, por muy moderno y casual que suene ahora. Ah sí, una mujer moderna, estamos en la misma línea, no hace falta hablar, bueno pues ahora te digo que sí, que qué pinta ahora, pues yo qué sé.
Me callo. Porque en el fondo aún sigo sin saber si quiero decirlo o no. Tal vez solo tengo miedo de sonar estúpida, muy romántica, ilusionada, pesada.
-Ya me estás mirando así. Hoy lo tengo que soltar todo ¿vale? Soy una fuente, vale, no más dobles sentidos, ¡no me pongas esa cara! Busco ser sincera pero por el ángel no me lo hagas tan difícil. Sólo quiero ser yo, pero me hizo tanto daño. Me rompió en dos.
Cierro los ojos. Y con el recuerdo de otro todo se hace tan irrisible. Qué más da lo de ahora si ya tengo un para siempre, las palabras no tan sinceras que le pueda decir a este chico no son nada comparado con la que fui con otro. Y sé que no voy a ser sincera, que me escudaré en frases de cortesía, en expresiones laberínticas.
-Ni siquiera quiero hablar del tema. He leído lo suficiente como para saber qué es lo que pasa. La que está hablando hoy es la mujer insegura que quiere comerse el mundo y la aseguran que las acciones no siempre demuestran las emociones. Sólo estoy buscando que me hagas un plano de lo que sentiste aquella noche. Sólo quiero decirte que lo siento, que ojalá hubiera sido menos orgullosa como para haberte dicho que te necesitaba. Que fue lo mejor que me había pasado. Que cambiaste mi eje. Que me enseñaste toda una nueva teoría de cómo puede ser la lujuria.
Abro los ojos. Él me está mirando. No sé descifrarle. Me río, porque es tan inútil este discurso.
-Da igual, solo tengo un día especialmente delicado. Vamos, anda.
Aprieta mi brazo. Trago. No le miro. Debería haberlo hecho en viernes.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Volver, segunda conjugación.

Hola Malvina:
He vuelto a ser poesía. Entiéndase ser poesía como la forma que adopta el sujeto cuando no sabe ser realidad y recurre a la metáfora, cuando soltar una frase descriptiva deja mucho de una misma y decide embellecer aquello que aún no tiene ni nombre. He vuelto a caminar por las vías del tren de puntillas, descalza, fingiendo que la caída no supone un fracaso sino la recuperación de la gravedad. He vuelto a decirle a David que de nuevo me acuerdo de él, al acariciar el miedo que un día vi en sus ojos, en el reflejo de los míos. He vuelto a estar sola y a esperar que la ambición deje de luchar y se canse, que se agote, que lentamente se resigne: no sirve de nada desear, niña, si todo lo que deseas bien de sobra  sabes que es imposible. He vuelto a tener miedo de lo que un día desdeñé: al vacío del cuerpo físico, qué memoria ni que nada, yo quiero verte, mirarte, tenerte, recordarte no te vive,  que no te resucito solo te atraganto. He vuelto a juntar las esquinas de la manta que arropa mis pies, me digo que septiembre  siempre fue injusto pero qué mentira tan grande, septiembre no fue injusto, me fue desleal, sólo a mí. He vuelto a acortar las frases y repetirlas hasta que la anáfora se haga tan aburrida que ya no me quede nada que decir salvo un: otra carta más para esta mujer de mi vida.

He vuelto a ser la que era, cómoda en mi piel, cómoda en la vida, cómoda en la muerte. He vuelto a vivir lo que no significa vivir y a experimentar el primer puñado de arena que cae en el baúl de los recuerdos. He vuelto a estar triste a solas y ser irónica en público.  He vuelto a lo que no era pero deseaba y soltar verdades aún y cuando me callo las que menos deseo saber y más daño me hacen. He vuelto, porque uno siempre puede volver, aunque sea cerrando los ojos y echando a volar la imaginación. He vuelto como quien vuelve al lugar de los hechos, cerrando heridas, acariciando piedra. He vuelto, cariño.

Tengo esta imagen grabada en la mente: la de un abrazo frente a una losa de cuatro nombres y un hueco de cinco ataúdes. La de un niño llorando con la mano pegada a la frente, y la mirada al suelo, borrosa, húmeda, pasada por agua. Y una mujer, con gafas de sol, llorando porque otro llora, abrazando con tanta fuerza que una no sabe qué tristeza es más grande, la del amado, la del amante, la del que es consolado o la que consuela, pero sobretodo, la del que permite ser consolado o la del que grita de dicha por ese permiso.
Hoy, Malvina, sé cómo te bajaron con cuerdas tu ataúd, el sonido de la tierra cuando golpea la madera, y el intento vano de fingir que ahí abajo no hay un cuerpo, porque ya jamás volverás a vivirle.

sábado, 19 de agosto de 2017

Miedo.

Hola Malvina:
Mañana hará un año. Todo lo que es digno de mención en mi vida ha pasado, en ese impermeable cambio de día, un día que nace de noche, que yo ya me he hartado de llamar madrugada, pero que en verdad no tiene porqué nombrarse pues aquello que pasa en la ambivalencia no merece ser fechado. Así que pretendo que a veces pasa un 19 y otras un 20, que pasó el día de San Esteban o el de antes de Los inocentes, que fue el 25 o el día de Santa Ana. Y otras veces el destino ya me dice qué día tiene que ser, porque hace de un numero una fecha que resulta ser una coincidencia, esto último y no casualidad porque ellas no existen.
Hoy, hoy hace un año de la entrada de mi cuerpo en una recesión que se vio súbitamente interrumpida por la llegada de un ente literario que supo desmentirme todo lo que mi mente se había obligado a creer. Hoy escribo a metáforas porque las palabras sinceras son muy reales, y de lo real se pasa a lo brusco, a lo harto, a lo difícil que es entender el dolor de un cuerpo expropiado.  Hoy, en este término que se llama madrugada, que no sé si  es hoy o mañana, en la noche, empezó un retraimiento de la lujuria en pos de la ternura, y de la ternura que implica la lujuria de un hombre tierno. Hoy, Jorge, te convertiste en Jorge. Lo de antes, la de antes, se quedó en un balcón con la única presencia de una luna marinera que no hacía más que recordarme la inferioridad de mi ser. Ojalá pudiera ser mas poética. Ojalá pudiera decirte todo lo que me pasó aquella noche. Ojalá el nombre de Petrarca hubiera sido más trágico, ojalá me hubiera abrazado un poco más, callado más, preguntado más, o menos. Ojalá simplemente no hubiera estado tan confundida con mi propio cuerpo, ojalá hubiera estado más segura de lo que hay que hacer. Jamás me sentí tan sola, escúchame, no lo hagas, quiero que me entiendas, que oigas estos gritos silenciosos, porque ya no sé cómo decirte que me perdí, que un 14 de noviembre no se compara a lo que viví el año pasado. Dime, David, ya que tú eres el único que lo sabe, si las cosas podían haber sido diferentes, si la vida me hubiera dado a elegir, si no le hubiera contado esta soledad a la confianza en vez de a ti, tú que tan poco me diste.
Se me ha venido a la memoria aquella vez en la que fui contigo y con Violet a tu antiguo instituto. Te sigo echando menos, aunque cada vez menos. También se me ha pasado por la memoria aquel libro que leía una y otra vez de pequeña, ese en el que salía un leñador con barba en la portada, en un fondo azul marino con dos o tres cipreses al fondo. Siempre se me olvida el nombre. Recuerdo también aquel libro de los hermanos Grimm que dejé en la librería de la plaza del dos de mayo, donde pienso llevar al que aún no tiene nombre, no, Germán. Es un bonito nombre. Se me acaba de ocurrir. Le pega. Se me pasa por la memoria también el anciano de la calle Dr. Roux, el que me dijo que el cementerio sí que estaba abierto, solo que había que abrir el portón negro.  Cualquier cosa me vale para no pensar en aquella noche.
Ya no sirve la rabia. Ya no sé qué quiero. Ya no sé si me perdí, si perdí la lujuria o es que nunca la sentí realmente, si he sido siempre así de puritana o es algo que he conseguido con el precio de recordar. Siempre me pregunté por las primeras veces, no me gusta ir de nuevas por la vida, tengo curiosidad en mi imaginación hasta que se lleva al plano real, entonces me escondo y no soy capaz de sacar ni las antenas. Pero siempre me dije que era fuerte, que nada, o casi nada podía romperme. Hasta que me rompí. No sabía que podía ser tan sensible, patética, triste, melancólica. Nunca pedí ayuda. Siempre la necesité pero la hice tan imposible que acabé por desdeñar cualquier rostro de socorro. Me habéis convertido en esto. Vosotros los hombres me habéis convertido en un ser ninfómano que intenta tapar con tiritas una hemorragia interna. Dime qué debí hacer. Dime si al principio no ayudó como el mejor de los jarabes, dime si no me sentí al control, dime si no dije que podía ser lo que quisiera. Entonces llegó hoy. Y toda aquella lujuria, los líos de una noche, los encuentros casuales en bares, los chicos sin nombre  pasaron a ser tan fríos. Y me vi como ellos me veían, una mujer a su merced. No, no me había recuperado a mí misma, sólo me había hundido más en el hoyo.
Hoy no soy literatura. Hoy solo soy una mujer. Una mujer que ha temido, una mujer que siente un miedo que a veces no es capaz de controlar. Hoy solo soy una mujer que recuerda y saber perdonarse, que siente, que padece de la peor enfermedad: la de no encontrar su lugar. Hoy, hoy hace un año que sentí tanto asco, que por primera vez entendí que los cuerpo siguen siendo cuerpos, y que el intercambios entre ellos se hace innecesario si no hay de por medio ternura. Hoy solo soy una mujer que grita en su pequeño cuarto que ha sentido miedo. Miedo. Miedo a la lujuria, miedo al amor, miedo a los hombres, miedo a sus genitales, miedo a su posesión, miedo a compartir, miedo al frío. No, no fue el propio sexo lo que me paralizó, si no el absoluto abandono de después. Me dicen que tengo que perdonar, que hizo las cosas como pudo, que debí decirle que se quedara. Fue un idiota. Uno puede ser idiota y no ser del todo mala persona. Pero fue un idiota en el peor momento. No supe que iba a necesitar ternura hasta que lo necesité. Un beso más apasionado. Una caricia. Un abrazo y un guiño. No la absoluta soledad. No puedes dejar a una mujer a merced de la noche después de haberla follado. No si es la primera vez. No si desconoces el miedo que sintió alguna vez, no si tratas a una virgen como una mujer madura. Aún me sigo reprochando el quejarme, el exigir un gesto más tierno. Venga, mujer, todas hemos tenido primeras veces horribles, la tuya es estupenda comparada con la mía, venga, puedes tener sexo sin amor, hay que saber diferenciar, tienes que ponerte en situación, el tío no se espera que tú le pidas una caricia. Y ahora digo que me quejo. Que gran parte de mi tristeza fue descubrir que los amantes pueden ser igual de fríos que los hombres de los callejones. Que los chicos con los que paseas por el parque pueden ser igual de asquerosos que los recuerdos más horribles. Lloré por muchas cosas aquella noche. Ahora sé que en parte buscaba atención. Sí, buscaba que me abrazara sin más y me dijera que lo de anoche había sido genial o un desastre pero que se alegraba en el fondo de haber tenido un rollo conmigo. Aunque volviera con su novia. Aunque me dejara embarazada y tuviera que hacer todo lo que una vez me juré no hacer. También sé que lloré porque recordé lo que es el asco. El miedo. Yo pensaba que iba a ser diferente. Fui una Madame Bovary. Pensé que iba a ser frenético, bonito, divertido. Y resultó llenarme de frustración, de asco y de miedo. Me hizo recordar no vivencias nuevas que ya sabía, si no sentimientos que había enterrado en pos de mi bienestar. Hombres en jardines condenados a verse a través de mis ojos todos los días por el resto de mi vida hasta que me mude de Madrid. Al principio cerraba los ojos al pasar por el lugar, ahora ya sólo desvío la mirada y me fijo en la higuera que crece torcida. Me digo que algún día crecerá tanto que tendrán que cortarla porque impide el paso de coches en la carretera. También me suelo preguntar porque tengo tanto miedo de la noche si ocurrió de día. Pero ahora sé que los recuerdos siempre vuelven de noche cuando la luz de los ojos ya no alcanza para ver la realidad. Ahora sé, también, que jamás volveré a contar que sentí una vez un miedo terrible, porque se curará cuando sienta una ternura que se la compare en magnitud. Sé que no iba a conseguir olvidar nada a través de líos de una noche. Ahora sé que las historias siempre se repiten pero que la segunda vez no nos pilla tan desprevenida. De todas maneras me quejo, yo no sé quién ha escrito la suerte de mi vida pero a ese ser le digo: deja de encadenarme a hombres que me convierten en la otra, que me llenan de silencio. Estoy harta de David y Goliat, y parece que Yavhé quiere encontrar su lugar, aunque no sé si fiarme de un ente espiritual, al menos los otros dos eran de carne y hueso.
Hoy, hoy que recuerdos ajenos me han hecho revivir esta la mía desgracia, digo que quiero quejarme. Que merezco quejarme y que algún día gritaré que las cosas nunca estuvieron bien. Que el miedo a veces viene de la soledad y no del hecho en sí. Que la vida se merece algo más de mí. Que me siento tan sola, cariño, tan sola, que me pregunto si alguna vez dejaré de sentirme así. Que duele como si me hubieran arrancado lo más querido, y lo hicieron, oh sí. Que desde entonces ya no soy la misma. Que nunca supe ser yo. Que ya no escribo porque para escribir vanas esperanzas si nunca se harán realidad. Que solo soy un trozo sensible de alma que ya no sabe ser sincera. Que sintió miedo y la han convertido en silencio.
Que yo creí que más de diez años eran suficientes para olvidar. Y con cuánta rapidez vuelvo a ser una niña.
Te quiero mucho, mi niño, mucho como la trucha al trucho.

jueves, 20 de julio de 2017

David e Goliat.

Hola:
Por primera vez no me dirijo a nadie. Ya no sé a quién hablar, o si lo sé, no quiero que éste lo sepa, quiero callarme, velarme, que no se note quién es Goliat aunque ya sea un secreto a voces, aunque se me note tanto en la mirada que es casi un pecado no pedir un milagro, sentirme pena, suspirar, y decir "Anda, anda, ya se pasará". Pues claro que pasará. El tiempo cubrirá de musgo este árbol mío, joven aún, frío, egoísta, y echará de sus ramás cualquier indicio de nido, se sumergirá en sí mismo: siempre fui un sauce, que llora pero no rompe a llorar si no que se le escapa, crece hacia abajo suavemente, y al final nadie sabe qué fue de su corazón. Y los años, aunque hoy se digan tan rápido, pasarán lentamente, pensando, rememorando, todo lo que pudo ser y no fue, lo ajeno que resultó la literatura esta vez, el miedo tan tonto a escribir algo más largo que este suspiro. Pasará, como todo lo que no pasa, y me dejaré caer un día junto a la tumba de Malvina, llena de remordimientos, y susurrando "Ya no siento lo mismo, ya no" Y pasará. No es un amor tan enraízado. Es solo el leve toque de la esperanza.
Me gustaría escribir poesía en un ensayo.
La biblia dice de David que es un pastor, último de los hijos de un pastor, hermano de hombres valientes que luchan contra los filisteos. Para aquí un momento: siempre quise empezar una narración  con la frase "La biblia dice", y el siempre es sólo una exageración misma de la literatura, el siempre empezó cuando acepté que la teología es lo que invade la mente de los curiosos, cómo es posible cegarse ante la fe, creer en la levedad de la vida, en dejarse llevar. A mí también me entran ganas de ser hombre con tal de poder ser cura, con tal de repartir paz, con tal de enamorarme, sentir un arrebato moral, y dejar los hábitos. Qué mala influencia son Mario y Valera. Ah qué bien despistas. Entonces, David, al principio, es sólo un pastor, con una inteligencia que parte de la observación, casi de lo innato, y que es valiente en la medida que sabe que va a triunfar. No es un héroe, es sólo listo. Llega entonces el personaje de Goliat. Goliat es un gigante que lucha con los filisteos, cuando aún se creeían en gigantes, cuando lo pagano convivía con la gloria de la verdad de Dios. Goliat es una creación a medida de las necesidades de David. ¿Existió alguna vez un rey llamado David? ¿Mató a un gigante? Desde luego la realización de la ofrenda se parece inreíblemente a la de los antiguos griegos en La Iliada. Una lucha de los dos mejores, y quien gane, hace innecesaria la guerra, la derrota y la muerte, convirtiéndose en deudor de vidas y de fuente de agradecimiento y heroísmo eterno. David se presenta como la última oportunidad, y aunque se rien de él Saúl sabe ver en él la hilaridad de su expresión oral. Juega con las palabras como dirige a sus ovejas, con bastón, firmeza y algo de encanto. David no es ningún guerrero, aunque bien conozca el arte de guerrear, él prefiere hablar, ceder, atormentar, castigar con esa lengua viperina, ay esa lengua es la que lleva a la gloria, la que provoca la envidia de Saúl, pero la que le salva de heridas lacerantes y frustraciones ajenas. Saúl le permite, no está siendo condescendiente, hay una esperanza que cae a goterones por el cuerpo de David, y el rey sabe olerlo. De Goliat no se sabe mucho. Goliat no es nadie. Es un instrumento, bien literario, bien biográfico, para el fin de David. Goliat tiene nombre porque la leyenda la de "David y el gigante Goliat" se extenderá más allá de los muros de Israel. No mató a un gigante, si no al gigante de los filisteos, de ahí la necesidad de su nombre. Si no, si fuera un gigante cualquiera, el nombre sería innecesario. Es lo opuesto a la bondad. Y sin embargo David nunca fue bueno. David fue, a lo largo de toda su vida, un lobo con piel de cordero, desatando furia y encanto allí dónde acampaba, siendo el más listo y a la vez el más ingenuo, engañando así, hasta acabar solo pero en la gloria del recuerdo. Conocí una vez a un hombre igual, no creí que existieran, y es verdad, no existen, mi David es una copia de la imaginación de otros hombres. David no es nadie sin la leyenda, sin la tragedia, el teatro, la labia, el encanto, la sutileza, el engaño, serpiente, dime ahora porqué no me tatué una serpiente con los colmillos sangrantes, ay mi sangre, me has envenenado y sólo tú tienes la medicina. Mi Goliat es un proyecto. Es el reflejo de la gloria de otro hombre. David y Goliat existen en mi imaginación en la medida en la que hubo antes un David, y un Goliat que quisiera enfrentarlo. David siempre me dijo que hay que preguntar sobre las dos versiones. No se sabe la versión de Goliat, y escúchame bien: por eso mantengo la esperanza. O no, o es que estoy ciega. El destino ya me ha dicho que David siempre triunfará sobre Goliat, que no hallarán cabeza y cuerpo juntos, que su destino es morir bajo la mano de David. Los dos lo sabemos. Ya has matado a Goliat porque su recuerdo no me hará sufrir tanto como el tuyo. Pero ¿Y si el destino me está diciendo que aún no está escrito? Dímelo tú, Goliat, dame curiosidad.
¿Debo deshacerme de la suerte de Goliat, ya que siempre morirá por culpa de David? ¿Debe la existencia de David, aplacar mi esperanza sobre Goliat? ¿Existiría esta fragilidad por Goliat sin haber conocido la gloria de David?  ¿Qué hacer, tirar la toalla o escribir mi destino?
Dímelo tú Goliat, deja de jugar a ser Granchester.

domingo, 4 de junio de 2017

Infierno dantesco.

Hola Goliat:
No sé muy bien porqué te escribo. Ya no. No cuando la vida parece que me ha dado una tregua, cuando el destino me ha dado una palmadita en la espalda, y ale, apañátelas, nunca será tuyo, pero por una noche lo fue, recuérdala. Sí, eso he venido a contar. De aquí a un tiempo se me ha formado la idea en la cabeza de que tú y yo somos Dante y Beatriz. No porque compartamos la literatura, la ausencia de inspiración, o la falta de poética, si no porque tanto ellos como nosotros somos resultado de un encuentro casual, de un día, una noche, en un locus amoenus. Y si quieres pruebas, porque te oigo desde aquí, me pides pruebas, bien te las doy, mi prueba es la casualidad primera de Barcelona. La despedida de un David que no dejó hueco en cabeza por su pedrada, la liberación, y entonces aquélla última vez que le vi, en el exámen de latín, y salí disparada hacia la nada, hacia la calle, hacia una universidad que pensaba iba a ser la mía. Pues eso, Barcelona, en el castillo, gracias a la historia de Lluis Company, y salí a la luz sabiendo mi destino. Ah, yo no puedo ignorar este gusanillo, este anhelo de conocer la historia, ahora tal vez el destino me quiera decir que aquella decisión fue un error, pero donde elegí mal, donde elegí por David tendría que encontrarme a su Goliat. Debí haberlo sabido antes. Sí, debí haber antes que esta culpa, este anhelo, ausencia de tu presencia, me iba a traer una figura más grande, un gigante. Esta es mi primera prueba. Que, en cierto sentido, si David me llevó aquí, si el profesor de historia, si las ambiciones históricas de David no hubieran existido, tú y yo, Goliat, no hubiéramos sido Goliat y Medea. Mi segunda prueba, para confirmar que tú y yo somos los modernos Beatriz y Dante es que el destino también nos ha unido por las letras. El destino me dijo que nunca podría conocer a otra persona como David, y de repente aquí estás, como si fueras su opuesto pero siguiendo su línea. No hay dos perosnas más distintas en toda la faz de la tierra. Y sin embargo uno me recuerda al otro, porque las carencias de uno se presentan en el otro, y los éxitos del otro no se presentan en el uno. El destino me dice nunca nadie será como David, pero que tuve que valorarlo tal y como era y no aspirar a que fuera mejor, porque ¡mira! ya tienes a su Goliat y no te has enamorado de él. Lo que me unió a David, literalmente hablando, fue el deseo oculto de ser su editora, su confidente, su caja de secretos, y creí que había tocado aquella ansía con la punta de los dedos (porque recuerda David, que yo fui la primera chica a la que hablaste de tus libros). Me creí satisfecha al escribir "La belleza de los ojos castaños" pero, ay, que sinsentido fue aquel deseo. No, David, no valoraste mi opinión, fue un descuido tu revelación. Goliat, sin embargo, Goliat tiene un deje literato que llama al mío, como un lobo a la luna, y no soy la única que lo vio. A veces, cuando intento recordar cuándo empezó todo, recuerdo su mirada en el bar, mirándome como un pintor a su musa. Ha sido la única vez que me he sentido así en toda mi vida. Su mirada escurridiza pero atenta, me veías, me sabías, me admirabas, te sorprendí. Esta es mi segunda prueba. Resúmela tú. Mi tercera prueba es que al igual que Dante y Beatriz, somos cosa de un instante. Yo elaboré una poesía entera a partir de esa noche, para contarle a alguien este deseo insatisfecho, esta  satisfacción, este cosa extraña y ridícula que me reduce a una exigencia, a un calor en el vientre, a un dolor en el pecho. Tenía que contarle a alguien que me encontraba más quemada que nunca, y no en un sentido rabioso, histérica, de color rojo, no, sino en ese estado de cenizas, estado ceniciento, que apenas se saborea, que apenas siente sus miembros. Somos cosa de una noche. Somos el reducto de las mejores cosas que pueden pasar y todas las peores que jamás se han pensado. Fui otra traición, ay, pero qué traición tan placentera. Beatriz nunca le preguntó a Dante si ella era Beatriz. Beatriz nunca supo que ella no era mujer en si misma, si no que era un reducto de ideas, de una Bea y una directriz, y que juntas no conformaron a Goliat si no que conformaron a David y Goliat. Voy saltando a trompicones.
Solo quiero decirte que quiero guardarme el último beso, para dártelo cuando me exijas decirte cuánta curiosidad siento.
(Pero este beso no existe, Peter Pan nunca quiso a Wendy por los besos que le dio, Peter Pan amó más a sus recuerdos)

lunes, 1 de mayo de 2017

En el caso hipotético del lenguaje.

-Dime una cosa.
No responde al segundo. Se toma su tiempo en terminar de leer la frase del libro que lleva horas leyendo, luego me busca con la mirada y puedo ver cómo salen sus ojos de la niebla, me ve, ladea la cabeza y sonríe. Si hubiera un número para medir lo mucho que se despierta mi cuerpo cada vez que me busca se lo contaría todos los días.
-¿El qué?
-Lo siento, no quería interrumpirte, sólo no he pensado y ya estaba hablando.
Cierra el libro y se sienta como un indio.
-No, venga, no pasa nada, cuéntame.
Me tumbo en la cama y miro al techo. Pensé en cerrar los ojos y hablar. Y luego eso me llevó a pensar en qué momento resultó tan cómodo estar con él como para hablar con los ojos cerrados.
 Pensé en decirle que tenía mucha suerte de haberle encontrado, y de estar allí con él, en su casa, en el templo que me enseñaron que era toda habitación con secretos. Pensé en cómo le había conocido, y luego de manera más paciente, en cómo había llegado a su casa, por un autobús, pero que jamás habría conocido el autobús que lleva a su casa si no hubiera otra forma de llegar hasta ella. Si simplemente no tuviera la suerte de conocerle. No le dije ninguna de esas cosas. No, porque esas cosas no se pueden decir en voz alta, una no habla de la suerte o del azar así sin más, por interrumpir una lectura. Así que si al principio le había llamado para hablarle sobre Virginia Wolf, ahora tenía que ser por una cosa más profunda, algo que mereciera la pena.
-Dime una cosa y te responderé otra.
Él se echó a reír. Supe que me había pillado.
-Lo siento, he hablado para contarte una curiosidad sobre Virginia Wolf y ahora que he visto lo metido que estabas en la lectura me da cosa haberte sacado por una chorrada.
-Y estás intentando profundizar la conversación para sentirte mejor ¿no?
Pensé que si esas palabras las dijera otro sonarían pedantes.
-Bueno, que sólo quería contarte que  Virginia Wolf tenía una amiga de apellido Sackville que escribió sobre la persona detrás de la leyenda de Juana de Arco y que tal vez sería un buen trabajo optativo.
- Sí, sería interesante, pero tendrías que informarte mucho.
-Bueno, si me las doy de lista tal vez el profesor crea que él es el culpable de no saber la historia detrás de la conclusión cuando para mí es tan obvio.
Él se echó a reír.
-Me gustaría verte intentar eso.
Sonreí. Abrí los ojos y me asomé al suelo.
-¿Leerías en voz alta?
Me mira mordiéndose el labio. Es su manera de pensar en las ventajas y desventajas de la acción. Yo le miro profundamente, no sé qué quiero hacer con eso, pero sólo quiero que me lea entre líneas, que necesito que comparta su intimidad conmigo, ahora y siempre.
-¿Por qué?
Ha traicionado la conversación. De repente me siento en una cuerda floja y pierdo el equilibrio cada vez que paso más tiempo sin moverme. Él tendría que haber dicho que no o que sí, o leerme sólo un fragmento, ponerme mala cara, un mohín, respirar, suspirar y toser para aclararse la voz. Se lo reprocho en silencio tardando en contestar. No puedes interpretar un papel que no es el tuyo. Eso es cosa mía. A ti te toca ser tú mismo, y a mí me toca ocultar mis verdaderos sentimientos. No puedes saltar con una pregunta tan profunda como esa, no después de todo lo que sabes. Pensé entonces en todo lo que habría pasado si él correspondiera mis sentimientos. Al interrumpirle no lo habría hecho de palabras si no de acción al besarle el cuello de sorpresa, y él suspiraría, yo "Dime una cosa" y él, al mirarme, nunca saldría de la niebla, porque si de una musa pasas a otra los pájaros no vuelan a otra parte, le diría que no sé de qué hacer el trabajo y él no contestaría, me besaría la punta de la nariz y me dejaría hablar. Al final le hubiera contado lo mismo, lo de la amiga de Virginia Wolf, pero después él habría leído en voz alta sin tener yo que pedirlo porque ya bien sabe lo que me hace su voz.
-Pues porque me gusta tu voz.
Él se remueve y se sube a la cama. Se tumba a mi lado.
-¿No vas a contestar?
-A veces el silencio es la mejor respuesta.
-Te parecerá bonito, además.
Se ríe y se disculpa.
-Entonces ¿Por qué te gusta mi voz?
Me giro a mirarle, pero estamos tan cerca que en seguida desvío la mirada.
-¿Pero se puede saber qué te pasa? Pues tienes una voz bonita, sabes que la tienes, estás orgullosa de ella, ¿Por qué insistes tanto?
-No sé, ya sabes cómo soy...
-No, tú no eres así, así sólo pareces alguien mendigando un piropo, ni siquiera te importa lo que piense yo de tu voz.
-Vale, vale, para ahí. Sólo quería saber a qué llamas tú la voz.
-¿Cómo?
-Sí, que qué quieres decir con que te gusta mi voz.
-Estoy bastante perdida.
Él bufa y me mira. Hoy sus ojos son más dorados. Nunca han sido serios pero jamás han querido serlo. Hoy su mirada, que no sus ojos, me está exigiendo algo y yo vuelvo a temer por mi caída al vacío desde la cuerda. Entro en un ambiente del que siempre había escapado con él, sí, ese ambiente en el que simplemente soy yo misma y digo las cosas como me vienen a la cabeza y no las programa para que no tengan una segunda intención. Poco he leído sobre el siginificado del lenguaje cuando estás guardando un secreto. No sé porqué me dejo llevar. Le echo la culpa al ambiente, a que no le entiendo muy bien y que siempre podré disculparme después pues él ha sido quién ha empezado toda esta chorrada.
-Me gusta tu voz cuando habla porque habla cosas que...
-¿Qué?
-No estoy siendo vergonzosa, ya me he lanzado al río, no no es por eso, es sólo que no encuentro un adjetivo adecuado.
-Entonces no le pongas un adjetivo.
-Vale, a ver qué tal así: Me gusta tu voz cuando habla porque habla cosas que quiero escuchar.
-Creo que voy a robarte esa frase.
Me río. Ojalá dijera algo más.
-¿Así que sólo te gusta mi voz en cuanto a que te provoca cosas?
Me recuesto en la cama. Le miro, aún tumbado.
-Nadie suelta cosas por la boca sin más, lo que me gusta de tu voz es cuando ésta dice las cosas que dice para provocarme. No es culpa de mi interpretación, es que tú eres muy claro.
No dice nada.
-Por ejemplo ahora. Estás siendo muy claro. Estás jugando a algo que no sabes jugar y sólo haces preguntas para sacarme respuestas. Eso es de cobardes. Me voy, el autobús viene en cinco minutos.
Me pongo las zapatillas. ¿Cuándo me las había quitado? Cojo el abrigo que está sobre la silla, me despido sin recibir un adiós de vuelta y bajo las escaleras deprisa. De camino a la parada me paro a contar las farolas, pensando que si son más de siete habrá un secreto que nunca resolveré. La primera está frente a la casa con el perro ladrador, la segunda junto a los camiones de basura, la tercera y cuarta, junto al semáforo, la quinta unos metros más allá de la intersección y la sexta está alumbrando la pared. Ya he visto la séptima y no puedo engañarme a mí misma. Pero pienso qué pasaría si por un momento no la hubiera visto. Pienso en el azar, en lo extraño que hoy estaba este chico, en el sentido de la conversación antes que la conversación en sí. Llego a concluir entonces: ¿Por qué le interesaba mi opinión sobre su voz? Y antes de pensarlo me doy la vuelta, pensando en olvidarme de la séptima farola, en controlar mi destino, y corro, corro de vuelta a su portal y subo las escaleras de dos en dos. Pero él ya está en la puerta.
-¿Por qué te interesa mi opinión sobre tu voz?
Nunca se me dio bien el póker, estoy lanzando mis cartas al azar.
-Porque no sé porque mi voz dice lo que dice para provocarte.
-¿No lo sabes?
Irradia luz.
-Sí, creo que sé porqué lo hago, pero acabo de averiguarlo.
-¿Y?
Se ríe.
-Deja de preguntar. No seas cobarde.
-¡Pues tú no dejes las frases a medias!
Él se ríe y me coge del codo para meterme en casa. Luego cierra la puerta.
-A ver, entonces ¿Desde cuándo vas provocándome?
-Desde que se me escapó por primera vez.
Yo suspiro.
-Seguro que tenemos primeras veces diferentes. Venga.
-Desde que...
-Hey, ¿estás ahí?
Muevo la cabeza, espantando a los pensamientos. Él sigue en el suelo, asomándose a la cama, extrañado. Trago saliva. 
-¿Qué decías?
-Que sí, que estoy leyendo La isla del tesoro.
Y empezó a leer en voz alta.

viernes, 21 de abril de 2017

Perderme y jugarme la vida.

Hola Malvina:
Le escribo a Goliat como receptor en tercera persona, porque la segunda persona es demasiado íntima.
Las cosas no van bien. No, las cosas nunca han ido a bien, y lo sabe mi inconsciente más que el latente porque cada vez recuerdo menos la noche después de San Esteban. Cada vez recuerdo menos cómo era mirarte sin más, ignorar el sentimiento, admirarte por quien eres y no por lo que te has convertido. Que eres Goliat. Que no tienes nombre, que la censura hace de mí como lo que hizo con Berlanga: sacar mi lado más brillante pero no ser del todo sincera. Y un día, cariño, voy a coger esta la nuestra bandera, este juego de estrategias, esta metáfora sin sentido y gritarte que no sólo te tengo en el pensamiento, que te pienso, si no que te tengo en la mano derecha, con todo lo que eso implica. Eres la mano derecha de una reina sin reino, de una escritora sin éxito, de una mujer que se satisface en lo propio deseando lo común, de esta mano con cinco dedos que tiene maldiciones, suerte y azar a partes iguales. Un día, cariño, la esperanza desaparecerá, caerá el telón, te marcharás, me enfadaré con la vida y no contigo, y me iré, o mejor, te irás, no por que tomes la decisión de irte, si no porque la vida toma más despedidas que amistades duraderas. Ahora sé que nunca te querré como a David porque lo que me encantaba, no, lo que necesitaba y poseía, era la intimidad con alguien, ser quien recogía tus deberes porque todo el mundo sabía que yo era esa chica, ser quien te preguntaba por tu enfermedad sin que fuera incómodo, ser los tres, parte de un todo, ay David, lo que daría por viajar al pasado y revivir aquél año una y otra vez. Lo que daría, David, por tener lo mismo con Goliat. Qué pensamiento tan inútil. Quiero gritar tu nombre, y decirte:
-Que te celo de manera enfermiza, que no soy tuya porque no me lo permites, que has llevado a la práctica la teoría de David, que no funciono a solas contigo, que no puedo ser literatura con un hombre, que nunca podré, que estoy reducida a las cenizas de un secreto y nadie cambiará eso. Que no puedo más con esto, que tengo un soga al cuello y me ahogo cada vez mas cuando te miro, y te admiro, y escribo sobre tus ojos, sobre tu espalda, sobre esas manos maravillosas y tu sonrisa traviesa. Que no sé cómo gritarte todo ele conjunto de cosas y recuerdos que tengo para contigo pero si alguna vez me lo pidieras sólo saldría de mi boca: Tú eres Goliat. Tú eres Goliat. Tú eres Goliat.
Que ya me duele no recordar todo lo que pasó aquélla noche, y que me rompiste de tantas formas esa noche que nunca seré igual, que por fin besé con amor, que por fin sentí deseo, que por fin dejé de pensar al sentir tu lengua, que me haces olvidar, que eres mi héroe de novela, que eres gilipollas por no recordarlo, y peor, por no ser sincero, por ser hombre y tener un problema de contención emocional. Goliat, al César lo que es del César, y tú no me has dado ni migajas. Que te dije que fue real, real, real y tú te limitaste a olvidarlo, como si el tiempo no se hubiera parado como si ignorases que por primera vez en mi vida entendí lo que es hacer el amor sin quitarse la ropa. No te estoy poniendo en un altar, no sabía que te deseaba hasta que lo hice, no sabía que quemabas hasta que ardí, no sabía que eres Goliat hasta que lo fuiste. No sabía nada. Y de repente lo cambiaste todo. Me dijiste todo lo que siempre esperé escuchar, me besaste la rodilla, te miré con un nudo en la garganta, te fuiste, volviste. Y ahora soy una muñeca de trapo que no quiere lujuria. No voy a poder satisfacerte nunca así que es mejor que sigas con ella, que el destino no cambie. No puedo obtener placer. No lo logro, no funciono, estoy rota. Y tú ya tienes mucha maña, me hiciste el amor aquella noche, cogiste de mí cosas que no sabía que entregaba, me hiciste enloquecer. Ojalá nunca hubiera pasado. Ojalá seguir siendo aquella chica loca, toda esperanzadora y creativa. Ojalá, Goliat, no me hubieras enseñado lo que es la ternura, porque es lo que más me llena. Por favor, solo quiero que me pienses, que me escuches en silencio. Por favor, averigua que eres Goliat.
Tú eres Goliat. Goliat eres tú.