jueves, 20 de julio de 2017

David e Goliat.

Hola:
Por primera vez no me dirijo a nadie. Ya no sé a quién hablar, o si lo sé, no quiero que éste lo sepa, quiero callarme, velarme, que no se note quién es Goliat aunque ya sea un secreto a voces, aunque se me note tanto en la mirada que es casi un pecado no pedir un milagro, sentirme pena, suspirar, y decir "Anda, anda, ya se pasará". Pues claro que pasará. El tiempo cubrirá de musgo este árbol mío, joven aún, frío, egoísta, y echará de sus ramás cualquier indicio de nido, se sumergirá en sí mismo: siempre fui un sauce, que llora pero no rompe a llorar si no que se le escapa, crece hacia abajo suavemente, y al final nadie sabe qué fue de su corazón. Y los años, aunque hoy se digan tan rápido, pasarán lentamente, pensando, rememorando, todo lo que pudo ser y no fue, lo ajeno que resultó la literatura esta vez, el miedo tan tonto a escribir algo más largo que este suspiro. Pasará, como todo lo que no pasa, y me dejaré caer un día junto a la tumba de Malvina, llena de remordimientos, y susurrando "Ya no siento lo mismo, ya no" Y pasará. No es un amor tan enraízado. Es solo el leve toque de la esperanza.
Me gustaría escribir poesía en un ensayo.
La biblia dice de David que es un pastor, último de los hijos de un pastor, hermano de hombres valientes que luchan contra los filisteos. Para aquí un momento: siempre quise empezar una narración  con la frase "La biblia dice", y el siempre es sólo una exageración misma de la literatura, el siempre empezó cuando acepté que la teología es lo que invade la mente de los curiosos, cómo es posible cegarse ante la fe, creer en la levedad de la vida, en dejarse llevar. A mí también me entran ganas de ser hombre con tal de poder ser cura, con tal de repartir paz, con tal de enamorarme, sentir un arrebato moral, y dejar los hábitos. Qué mala influencia son Mario y Valera. Ah qué bien despistas. Entonces, David, al principio, es sólo un pastor, con una inteligencia que parte de la observación, casi de lo innato, y que es valiente en la medida que sabe que va a triunfar. No es un héroe, es sólo listo. Llega entonces el personaje de Goliat. Goliat es un gigante que lucha con los filisteos, cuando aún se creeían en gigantes, cuando lo pagano convivía con la gloria de la verdad de Dios. Goliat es una creación a medida de las necesidades de David. ¿Existió alguna vez un rey llamado David? ¿Mató a un gigante? Desde luego la realización de la ofrenda se parece inreíblemente a la de los antiguos griegos en La Iliada. Una lucha de los dos mejores, y quien gane, hace innecesaria la guerra, la derrota y la muerte, convirtiéndose en deudor de vidas y de fuente de agradecimiento y heroísmo eterno. David se presenta como la última oportunidad, y aunque se rien de él Saúl sabe ver en él la hilaridad de su expresión oral. Juega con las palabras como dirige a sus ovejas, con bastón, firmeza y algo de encanto. David no es ningún guerrero, aunque bien conozca el arte de guerrear, él prefiere hablar, ceder, atormentar, castigar con esa lengua viperina, ay esa lengua es la que lleva a la gloria, la que provoca la envidia de Saúl, pero la que le salva de heridas lacerantes y frustraciones ajenas. Saúl le permite, no está siendo condescendiente, hay una esperanza que cae a goterones por el cuerpo de David, y el rey sabe olerlo. De Goliat no se sabe mucho. Goliat no es nadie. Es un instrumento, bien literario, bien biográfico, para el fin de David. Goliat tiene nombre porque la leyenda la de "David y el gigante Goliat" se extenderá más allá de los muros de Israel. No mató a un gigante, si no al gigante de los filisteos, de ahí la necesidad de su nombre. Si no, si fuera un gigante cualquiera, el nombre sería innecesario. Es lo opuesto a la bondad. Y sin embargo David nunca fue bueno. David fue, a lo largo de toda su vida, un lobo con piel de cordero, desatando furia y encanto allí dónde acampaba, siendo el más listo y a la vez el más ingenuo, engañando así, hasta acabar solo pero en la gloria del recuerdo. Conocí una vez a un hombre igual, no creí que existieran, y es verdad, no existen, mi David es una copia de la imaginación de otros hombres. David no es nadie sin la leyenda, sin la tragedia, el teatro, la labia, el encanto, la sutileza, el engaño, serpiente, dime ahora porqué no me tatué una serpiente con los colmillos sangrantes, ay mi sangre, me has envenenado y sólo tú tienes la medicina. Mi Goliat es un proyecto. Es el reflejo de la gloria de otro hombre. David y Goliat existen en mi imaginación en la medida en la que hubo antes un David, y un Goliat que quisiera enfrentarlo. David siempre me dijo que hay que preguntar sobre las dos versiones. No se sabe la versión de Goliat, y escúchame bien: por eso mantengo la esperanza. O no, o es que estoy ciega. El destino ya me ha dicho que David siempre triunfará sobre Goliat, que no hallarán cabeza y cuerpo juntos, que su destino es morir bajo la mano de David. Los dos lo sabemos. Ya has matado a Goliat porque su recuerdo no me hará sufrir tanto como el tuyo. Pero ¿Y si el destino me está diciendo que aún no está escrito? Dímelo tú, Goliat, dame curiosidad.
¿Debo deshacerme de la suerte de Goliat, ya que siempre morirá por culpa de David? ¿Debe la existencia de David, aplacar mi esperanza sobre Goliat? ¿Existiría esta fragilidad por Goliat sin haber conocido la gloria de David?  ¿Qué hacer, tirar la toalla o escribir mi destino?
Dímelo tú Goliat, deja de jugar a ser Granchester.

domingo, 4 de junio de 2017

Infierno dantesco.

Hola Goliat:
No sé muy bien porqué te escribo. Ya no. No cuando la vida parece que me ha dado una tregua, cuando el destino me ha dado una palmadita en la espalda, y ale, apañátelas, nunca será tuyo, pero por una noche lo fue, recuérdala. Sí, eso he venido a contar. De aquí a un tiempo se me ha formado la idea en la cabeza de que tú y yo somos Dante y Beatriz. No porque compartamos la literatura, la ausencia de inspiración, o la falta de poética, si no porque tanto ellos como nosotros somos resultado de un encuentro casual, de un día, una noche, en un locus amoenus. Y si quieres pruebas, porque te oigo desde aquí, me pides pruebas, bien te las doy, mi prueba es la casualidad primera de Barcelona. La despedida de un David que no dejó hueco en cabeza por su pedrada, la liberación, y entonces aquélla última vez que le vi, en el exámen de latín, y salí disparada hacia la nada, hacia la calle, hacia una universidad que pensaba iba a ser la mía. Pues eso, Barcelona, en el castillo, gracias a la historia de Lluis Company, y salí a la luz sabiendo mi destino. Ah, yo no puedo ignorar este gusanillo, este anhelo de conocer la historia, ahora tal vez el destino me quiera decir que aquella decisión fue un error, pero donde elegí mal, donde elegí por David tendría que encontrarme a su Goliat. Debí haberlo sabido antes. Sí, debí haber antes que esta culpa, este anhelo, ausencia de tu presencia, me iba a traer una figura más grande, un gigante. Esta es mi primera prueba. Que, en cierto sentido, si David me llevó aquí, si el profesor de historia, si las ambiciones históricas de David no hubieran existido, tú y yo, Goliat, no hubiéramos sido Goliat y Medea. Mi segunda prueba, para confirmar que tú y yo somos los modernos Beatriz y Dante es que el destino también nos ha unido por las letras. El destino me dijo que nunca podría conocer a otra persona como David, y de repente aquí estás, como si fueras su opuesto pero siguiendo su línea. No hay dos perosnas más distintas en toda la faz de la tierra. Y sin embargo uno me recuerda al otro, porque las carencias de uno se presentan en el otro, y los éxitos del otro no se presentan en el uno. El destino me dice nunca nadie será como David, pero que tuve que valorarlo tal y como era y no aspirar a que fuera mejor, porque ¡mira! ya tienes a su Goliat y no te has enamorado de él. Lo que me unió a David, literalmente hablando, fue el deseo oculto de ser su editora, su confidente, su caja de secretos, y creí que había tocado aquella ansía con la punta de los dedos (porque recuerda David, que yo fui la primera chica a la que hablaste de tus libros). Me creí satisfecha al escribir "La belleza de los ojos castaños" pero, ay, que sinsentido fue aquel deseo. No, David, no valoraste mi opinión, fue un descuido tu revelación. Goliat, sin embargo, Goliat tiene un deje literato que llama al mío, como un lobo a la luna, y no soy la única que lo vio. A veces, cuando intento recordar cuándo empezó todo, recuerdo su mirada en el bar, mirándome como un pintor a su musa. Ha sido la única vez que me he sentido así en toda mi vida. Su mirada escurridiza pero atenta, me veías, me sabías, me admirabas, te sorprendí. Esta es mi segunda prueba. Resúmela tú. Mi tercera prueba es que al igual que Dante y Beatriz, somos cosa de un instante. Yo elaboré una poesía entera a partir de esa noche, para contarle a alguien este deseo insatisfecho, esta  satisfacción, este cosa extraña y ridícula que me reduce a una exigencia, a un calor en el vientre, a un dolor en el pecho. Tenía que contarle a alguien que me encontraba más quemada que nunca, y no en un sentido rabioso, histérica, de color rojo, no, sino en ese estado de cenizas, estado ceniciento, que apenas se saborea, que apenas siente sus miembros. Somos cosa de una noche. Somos el reducto de las mejores cosas que pueden pasar y todas las peores que jamás se han pensado. Fui otra traición, ay, pero qué traición tan placentera. Beatriz nunca le preguntó a Dante si ella era Beatriz. Beatriz nunca supo que ella no era mujer en si misma, si no que era un reducto de ideas, de una Bea y una directriz, y que juntas no conformaron a Goliat si no que conformaron a David y Goliat. Voy saltando a trompicones.
Solo quiero decirte que quiero guardarme el último beso, para dártelo cuando me exijas decirte cuánta curiosidad siento.
(Pero este beso no existe, Peter Pan nunca quiso a Wendy por los besos que le dio, Peter Pan amó más a sus recuerdos)

lunes, 1 de mayo de 2017

En el caso hipotético del lenguaje.

-Dime una cosa.
No responde al segundo. Se toma su tiempo en terminar de leer la frase del libro que lleva horas leyendo, luego me busca con la mirada y puedo ver cómo salen sus ojos de la niebla, me ve, ladea la cabeza y sonríe. Si hubiera un número para medir lo mucho que se despierta mi cuerpo cada vez que me busca se lo contaría todos los días.
-¿El qué?
-Lo siento, no quería interrumpirte, sólo no he pensado y ya estaba hablando.
Cierra el libro y se sienta como un indio.
-No, venga, no pasa nada, cuéntame.
Me tumbo en la cama y miro al techo. Pensé en cerrar los ojos y hablar. Y luego eso me llevó a pensar en qué momento resultó tan cómodo estar con él como para hablar con los ojos cerrados.
 Pensé en decirle que tenía mucha suerte de haberle encontrado, y de estar allí con él, en su casa, en el templo que me enseñaron que era toda habitación con secretos. Pensé en cómo le había conocido, y luego de manera más paciente, en cómo había llegado a su casa, por un autobús, pero que jamás habría conocido el autobús que lleva a su casa si no hubiera otra forma de llegar hasta ella. Si simplemente no tuviera la suerte de conocerle. No le dije ninguna de esas cosas. No, porque esas cosas no se pueden decir en voz alta, una no habla de la suerte o del azar así sin más, por interrumpir una lectura. Así que si al principio le había llamado para hablarle sobre Virginia Wolf, ahora tenía que ser por una cosa más profunda, algo que mereciera la pena.
-Dime una cosa y te responderé otra.
Él se echó a reír. Supe que me había pillado.
-Lo siento, he hablado para contarte una curiosidad sobre Virginia Wolf y ahora que he visto lo metido que estabas en la lectura me da cosa haberte sacado por una chorrada.
-Y estás intentando profundizar la conversación para sentirte mejor ¿no?
Pensé que si esas palabras las dijera otro sonarían pedantes.
-Bueno, que sólo quería contarte que  Virginia Wolf tenía una amiga de apellido Sackville que escribió sobre la persona detrás de la leyenda de Juana de Arco y que tal vez sería un buen trabajo optativo.
- Sí, sería interesante, pero tendrías que informarte mucho.
-Bueno, si me las doy de lista tal vez el profesor crea que él es el culpable de no saber la historia detrás de la conclusión cuando para mí es tan obvio.
Él se echó a reír.
-Me gustaría verte intentar eso.
Sonreí. Abrí los ojos y me asomé al suelo.
-¿Leerías en voz alta?
Me mira mordiéndose el labio. Es su manera de pensar en las ventajas y desventajas de la acción. Yo le miro profundamente, no sé qué quiero hacer con eso, pero sólo quiero que me lea entre líneas, que necesito que comparta su intimidad conmigo, ahora y siempre.
-¿Por qué?
Ha traicionado la conversación. De repente me siento en una cuerda floja y pierdo el equilibrio cada vez que paso más tiempo sin moverme. Él tendría que haber dicho que no o que sí, o leerme sólo un fragmento, ponerme mala cara, un mohín, respirar, suspirar y toser para aclararse la voz. Se lo reprocho en silencio tardando en contestar. No puedes interpretar un papel que no es el tuyo. Eso es cosa mía. A ti te toca ser tú mismo, y a mí me toca ocultar mis verdaderos sentimientos. No puedes saltar con una pregunta tan profunda como esa, no después de todo lo que sabes. Pensé entonces en todo lo que habría pasado si él correspondiera mis sentimientos. Al interrumpirle no lo habría hecho de palabras si no de acción al besarle el cuello de sorpresa, y él suspiraría, yo "Dime una cosa" y él, al mirarme, nunca saldría de la niebla, porque si de una musa pasas a otra los pájaros no vuelan a otra parte, le diría que no sé de qué hacer el trabajo y él no contestaría, me besaría la punta de la nariz y me dejaría hablar. Al final le hubiera contado lo mismo, lo de la amiga de Virginia Wolf, pero después él habría leído en voz alta sin tener yo que pedirlo porque ya bien sabe lo que me hace su voz.
-Pues porque me gusta tu voz.
Él se remueve y se sube a la cama. Se tumba a mi lado.
-¿No vas a contestar?
-A veces el silencio es la mejor respuesta.
-Te parecerá bonito, además.
Se ríe y se disculpa.
-Entonces ¿Por qué te gusta mi voz?
Me giro a mirarle, pero estamos tan cerca que en seguida desvío la mirada.
-¿Pero se puede saber qué te pasa? Pues tienes una voz bonita, sabes que la tienes, estás orgullosa de ella, ¿Por qué insistes tanto?
-No sé, ya sabes cómo soy...
-No, tú no eres así, así sólo pareces alguien mendigando un piropo, ni siquiera te importa lo que piense yo de tu voz.
-Vale, vale, para ahí. Sólo quería saber a qué llamas tú la voz.
-¿Cómo?
-Sí, que qué quieres decir con que te gusta mi voz.
-Estoy bastante perdida.
Él bufa y me mira. Hoy sus ojos son más dorados. Nunca han sido serios pero jamás han querido serlo. Hoy su mirada, que no sus ojos, me está exigiendo algo y yo vuelvo a temer por mi caída al vacío desde la cuerda. Entro en un ambiente del que siempre había escapado con él, sí, ese ambiente en el que simplemente soy yo misma y digo las cosas como me vienen a la cabeza y no las programa para que no tengan una segunda intención. Poco he leído sobre el siginificado del lenguaje cuando estás guardando un secreto. No sé porqué me dejo llevar. Le echo la culpa al ambiente, a que no le entiendo muy bien y que siempre podré disculparme después pues él ha sido quién ha empezado toda esta chorrada.
-Me gusta tu voz cuando habla porque habla cosas que...
-¿Qué?
-No estoy siendo vergonzosa, ya me he lanzado al río, no no es por eso, es sólo que no encuentro un adjetivo adecuado.
-Entonces no le pongas un adjetivo.
-Vale, a ver qué tal así: Me gusta tu voz cuando habla porque habla cosas que quiero escuchar.
-Creo que voy a robarte esa frase.
Me río. Ojalá dijera algo más.
-¿Así que sólo te gusta mi voz en cuanto a que te provoca cosas?
Me recuesto en la cama. Le miro, aún tumbado.
-Nadie suelta cosas por la boca sin más, lo que me gusta de tu voz es cuando ésta dice las cosas que dice para provocarme. No es culpa de mi interpretación, es que tú eres muy claro.
No dice nada.
-Por ejemplo ahora. Estás siendo muy claro. Estás jugando a algo que no sabes jugar y sólo haces preguntas para sacarme respuestas. Eso es de cobardes. Me voy, el autobús viene en cinco minutos.
Me pongo las zapatillas. ¿Cuándo me las había quitado? Cojo el abrigo que está sobre la silla, me despido sin recibir un adiós de vuelta y bajo las escaleras deprisa. De camino a la parada me paro a contar las farolas, pensando que si son más de siete habrá un secreto que nunca resolveré. La primera está frente a la casa con el perro ladrador, la segunda junto a los camiones de basura, la tercera y cuarta, junto al semáforo, la quinta unos metros más allá de la intersección y la sexta está alumbrando la pared. Ya he visto la séptima y no puedo engañarme a mí misma. Pero pienso qué pasaría si por un momento no la hubiera visto. Pienso en el azar, en lo extraño que hoy estaba este chico, en el sentido de la conversación antes que la conversación en sí. Llego a concluir entonces: ¿Por qué le interesaba mi opinión sobre su voz? Y antes de pensarlo me doy la vuelta, pensando en olvidarme de la séptima farola, en controlar mi destino, y corro, corro de vuelta a su portal y subo las escaleras de dos en dos. Pero él ya está en la puerta.
-¿Por qué te interesa mi opinión sobre tu voz?
Nunca se me dio bien el póker, estoy lanzando mis cartas al azar.
-Porque no sé porque mi voz dice lo que dice para provocarte.
-¿No lo sabes?
Irradia luz.
-Sí, creo que sé porqué lo hago, pero acabo de averiguarlo.
-¿Y?
Se ríe.
-Deja de preguntar. No seas cobarde.
-¡Pues tú no dejes las frases a medias!
Él se ríe y me coge del codo para meterme en casa. Luego cierra la puerta.
-A ver, entonces ¿Desde cuándo vas provocándome?
-Desde que se me escapó por primera vez.
Yo suspiro.
-Seguro que tenemos primeras veces diferentes. Venga.
-Desde que...
-Hey, ¿estás ahí?
Muevo la cabeza, espantando a los pensamientos. Él sigue en el suelo, asomándose a la cama, extrañado. Trago saliva. 
-¿Qué decías?
-Que sí, que estoy leyendo La isla del tesoro.
Y empezó a leer en voz alta.

viernes, 21 de abril de 2017

Perderme y jugarme la vida.

Hola Malvina:
Le escribo a Goliat como receptor en tercera persona, porque la segunda persona es demasiado íntima.
Las cosas no van bien. No, las cosas nunca han ido a bien, y lo sabe mi inconsciente más que el latente porque cada vez recuerdo menos la noche después de San Esteban. Cada vez recuerdo menos cómo era mirarte sin más, ignorar el sentimiento, admirarte por quien eres y no por lo que te has convertido. Que eres Goliat. Que no tienes nombre, que la censura hace de mí como lo que hizo con Berlanga: sacar mi lado más brillante pero no ser del todo sincera. Y un día, cariño, voy a coger esta la nuestra bandera, este juego de estrategias, esta metáfora sin sentido y gritarte que no sólo te tengo en el pensamiento, que te pienso, si no que te tengo en la mano derecha, con todo lo que eso implica. Eres la mano derecha de una reina sin reino, de una escritora sin éxito, de una mujer que se satisface en lo propio deseando lo común, de esta mano con cinco dedos que tiene maldiciones, suerte y azar a partes iguales. Un día, cariño, la esperanza desaparecerá, caerá el telón, te marcharás, me enfadaré con la vida y no contigo, y me iré, o mejor, te irás, no por que tomes la decisión de irte, si no porque la vida toma más despedidas que amistades duraderas. Ahora sé que nunca te querré como a David porque lo que me encantaba, no, lo que necesitaba y poseía, era la intimidad con alguien, ser quien recogía tus deberes porque todo el mundo sabía que yo era esa chica, ser quien te preguntaba por tu enfermedad sin que fuera incómodo, ser los tres, parte de un todo, ay David, lo que daría por viajar al pasado y revivir aquél año una y otra vez. Lo que daría, David, por tener lo mismo con Goliat. Qué pensamiento tan inútil. Quiero gritar tu nombre, y decirte:
-Que te celo de manera enfermiza, que no soy tuya porque no me lo permites, que has llevado a la práctica la teoría de David, que no funciono a solas contigo, que no puedo ser literatura con un hombre, que nunca podré, que estoy reducida a las cenizas de un secreto y nadie cambiará eso. Que no puedo más con esto, que tengo un soga al cuello y me ahogo cada vez mas cuando te miro, y te admiro, y escribo sobre tus ojos, sobre tu espalda, sobre esas manos maravillosas y tu sonrisa traviesa. Que no sé cómo gritarte todo ele conjunto de cosas y recuerdos que tengo para contigo pero si alguna vez me lo pidieras sólo saldría de mi boca: Tú eres Goliat. Tú eres Goliat. Tú eres Goliat.
Que ya me duele no recordar todo lo que pasó aquélla noche, y que me rompiste de tantas formas esa noche que nunca seré igual, que por fin besé con amor, que por fin sentí deseo, que por fin dejé de pensar al sentir tu lengua, que me haces olvidar, que eres mi héroe de novela, que eres gilipollas por no recordarlo, y peor, por no ser sincero, por ser hombre y tener un problema de contención emocional. Goliat, al César lo que es del César, y tú no me has dado ni migajas. Que te dije que fue real, real, real y tú te limitaste a olvidarlo, como si el tiempo no se hubiera parado como si ignorases que por primera vez en mi vida entendí lo que es hacer el amor sin quitarse la ropa. No te estoy poniendo en un altar, no sabía que te deseaba hasta que lo hice, no sabía que quemabas hasta que ardí, no sabía que eres Goliat hasta que lo fuiste. No sabía nada. Y de repente lo cambiaste todo. Me dijiste todo lo que siempre esperé escuchar, me besaste la rodilla, te miré con un nudo en la garganta, te fuiste, volviste. Y ahora soy una muñeca de trapo que no quiere lujuria. No voy a poder satisfacerte nunca así que es mejor que sigas con ella, que el destino no cambie. No puedo obtener placer. No lo logro, no funciono, estoy rota. Y tú ya tienes mucha maña, me hiciste el amor aquella noche, cogiste de mí cosas que no sabía que entregaba, me hiciste enloquecer. Ojalá nunca hubiera pasado. Ojalá seguir siendo aquella chica loca, toda esperanzadora y creativa. Ojalá, Goliat, no me hubieras enseñado lo que es la ternura, porque es lo que más me llena. Por favor, solo quiero que me pienses, que me escuches en silencio. Por favor, averigua que eres Goliat.
Tú eres Goliat. Goliat eres tú.

lunes, 10 de abril de 2017

Háblame de ti.

Hola Malvina:
Hoy me apetece hablarte como si fueras una amiga lejana en el tiempo, cercana en el corazón y un misterio que me atrae a pesar del desorden cronólogico. He querido, desde hace unos días, visitarte, porque creo que mi mente recurre cada vez más a la incosciencia, y me dice, de alguna manera, que te encontré al inicio de la primavera, y que si por algún casual no lo recordaba, ahora me inventa un rol dramático. Las últimas veces que he ido al cementerio ha sido para visitarte, la vez después de Navidad, cuando dejé en un papel apuntado tu nombre y el de Ángel junto a un árbol. Me limité a sentarme contigo y recordar que el silencio ya no está ahí, que el único silencio enrabietado es el del cementerio de Carabanchel, un silencio lleno de viento y ruido que ha roto más lápidas que losas, más nombres que recuerdos. Ya hace mucho que no paseo más allá de tu tumba, sólo me paro a limpiar de hojas y tierra tu lápida y acaricio la piedra hasta que siento los callos de mis manos de rozar algo tan duro, brusco, cruel. Supongo que en el fondo pensé que tu cementerio no iba a estar en cuesta, que tenía que ser más grande, que iba a ser siempre laberíntico, eterno, bello. Pero ahora que ya me sé de memoria las historias que allí ocurrieron me limito a visitarte, como si fueras un familiar querido, como si no pudiera olvidarte.
Te cuento aquí Malvina, que los días se hacen largos y cortos a la vez, que no presagio un verano lleno de locuras, sólo de nostalgia y algo más que no sé identificar. Que ya van dos noches seguidas soñando con Goliat. El sueño suele cambiar de escenarios, de trama y de personajes secundarios pero siempre acaba igual: tú huyendo. Sabiendo, que a pesar de todo, tengo que convivir con el arrepentimiento ajeno, con el dolor propio, y con un sentimiento de traición que no sé muy bien cómo paliar. Te cuento que esta noche, por ejemplo, los dos nos mirábamos, ya no sé si profundamente o no, pero yo me mordía los labios, y de ti salía calor, vapor caliente que me rodeaba, y al fin los dos estábamos en el mismo punto, en el del deseo sin retorno. Recuerdo no haberme atrevido a hacer nada, por responsabilidad tal vez, o por egoísmo, por orgullo. Pero había una fína línea que nos unía. Sí, es la línea telefónica de la que a veces hablo, esa línea que está en la cabeza, llena de pájaros que a veces interrumpen al conexión, y otras la hacen más real. Era un fino hilo, cadena brillante, que nos unía pero no ataba, los dos la veíamos salir del pecho del otro, y veíamos sin bajar la cabeza que uno de los extremos salía de nuestro interior. Entonces llegan las promesas, ya no me acuerdo de cuáles, pero lo más importante es que llegaron, que uno no hace promesas con cualquiera, o bien las hace por miedo. Yo pensaba que confiaba en ti, y que tú lo hacías por nosotros por eso empezabas con las promesas. Y luego a la mañana siguiente, te levantas y lo veo todo en tu mirada. Arrepentimiento. No sabía que podía ser un sentimiento tan doloroso hasta hace un par de años. No sabía que el amor nunca va solo por la vida si no que suele traer compañía indeseada que deja más marca que el propio amor. Te vas. Coges la chaqueta y te vas. Y yo me quedo sentada, o de pie, resignada, en fin, de este final, porque no concibo ni en sueños que pueda haber otro,  y menos otro mejor.
A Goliat:
Soñarte era lo último que quería, sí, porque uno siempre convierte al sujeto soñado en un personaje novelesco, alguien que ya no está sólo en tus pensamientos si no que ha vivido una historia en tu inconsciencia, donde no le podías controlar. Y le das alas al pensamiento dramático. Pienso ya en ti como la ternura nunca recibida, los abrazos nunca dados, la confianza quebrada, nunca dada. Es la ausencia de un corazón latente junto al mío lo que me llena de insatisfacción. No suelo reconocer bien este sentimiento, el de necesidad, hace tiempo que dejé de necesitar lo que sé que nunca voy a tener. Me hice cargo de ello al principio de mi juventud, resignándome, conformando una idea solitaria pero feliz de mi futuro. Y sin embargo, ahora que me ha dado por enfrentarme al destino pienso que la buena suerte no es un privilegio, si no una deuda. Pienso en lo justo e injusto de la vida, en los privilegios de las otras personas frente a los carentes propios, y el ¿Por qué no he podido vivir eso? ¿Por qué yo no he tenido esa suerte? ¿Cómo sería ser ella, o él, Menganita, Fulanita?
Estoy aprendiendo a no necesitar lo que necesito, a pensar en la vida como era antes, aprendiendo, sin más, a cegarme ahora que ya he visto a Eurídice.Siempre había pensado en el amor como algo individual, algo que no quería compartir. No quería planes los domingos por las tardes, ni visitar museos a partir de las seis, ni comer en un restaurante caro, ni adueñarme del hueco de su cuello de vuelta en el metro, ni decirle que me encanta cómo es, cómo viste, cómo ríe, y que cada vez que le llevo de la mano me llena un orgullo sin medida. No quería mirar sus ojos y hablar de filosofía, ni ver películas con sus padres en la otra habitación, ni comprarle esta u otra camiseta porque me gusta hacer cosas por él, ni enseñarle los secretos de Madrid o los misterios de Barcelona. No sabia, Goliat, que ahora que sé cómo puede ser el amor, lo desearía con tanta fuerza.
Al final, todo se resume en que estas cartas ya no me valen, que noto la ausencia del ejercicio oral, de un compañero con ojos dorados y sonrisa traviesa, de unas manos callosas y una mente fascinante. Que noto la ausencia de promesas.
Qué injusta puede ser la vida con tal de enseñarnos.

miércoles, 5 de abril de 2017

Censura de la mentira.

Hola David:
He llegado a la conclusión de que si tú y yo jugarámos a ese juego de lógica, Lobos, no sabría mentirte, porque a ti no te puedo traicionar con la mentira, no porque traicionarte se me presente como un pecado si no porque para ti lo sería. Tú me mirarías a los ojos, me harías ruborizarme, sonreírias de medio lado, y "Ah, chica, qué fácil es pillarte" Pero y si ese día es un día amarillo, un día de celos, rabia o rencor profundo, de ese que aprendí de ti, te mentiría a la cara casi con satisfacción para proclamar a gritos silenciosos "Que no me controlas del todo, que aún puedo ser un misterio"
Últimamente le he dado muchas  vueltas a una frase que me dijeron esa noche: "Juegas con la confianza de las personas y así las engañas" Debo admitir que es verdad, que la oración que más repetí fue la de "Confía en mí" Y he estado pensando, en cuanto a esto, que tal vez lo heredé de ti, que en cierta parte soy un fruto de tu costilla, Adán, pues tú me moldeaste a tu antojo y yo me dejé manipular, pensando que eso era madurar. No, no te lo estoy echando en cara, me enseñaste a no confiar del todo, a siempre tener la duda en mente, en definitiva, a no olvidar nunca el "Y si" Así que cojo la confianza de las personas y las maniupulo, para que me crean, para que me vislumbren a partir de la niebla, para que me vean. No sé en qué lugar me deja todo esto pero estoy volviendo a replantearme por qué te grabé a fuego en mi mente, por qué he dejado que mi alma se enamore de tu alter ego, por qué recurro a mi novela más ideal para recordarte. Por qué, vamos, me enamoré de ti. Bueno, mis sentimientos hacia ti son una marea, a veces salvaje, a veces tímida, que viene y va que me moja los tobillos o me ahoga, es una cosa del mar porque eres Barcelona. Pero es agua porque está en continuo movimiento y a la vez es eterna, es una verdad absoluta, una obviedad, un locus amoenus. Va a durar siempre. He gastado mi ficha más valiosa en la ruleta de este nuestro casino, la vida, y ya sólo me quedan fichas que pueden tener valor en cuanto al azar que tengan, pero no tienen destino en sí mismas. He decidido, a veces, quererte, porque soy así de literaria, y otras veces te quiero sin más, y me odio, y me presento en tu calle, y te grito que no eres nada sin mí, porque yo te hacía extraordinario. 
(A Goliat):
 Y ahora, ahora que le cuento a Eloísa que Goliat no me va a entregar su ficha dorada, y que yo me la merezco, yo, hipócrita que ya he entregado la mía, me merezco un amor que no voy a poder corresponder, pero quiero ser la reina de corazones, y él mi alfil, quiero, ay, merecerme más de lo que la vida me ofrece. Tal vez, en un mundo ideal, en un mundo en el que una adivina me predijera que la espera va a tener resultados, te esperaría, como si no lo estuviera haciendo ya, y sabría que nos vas a dar una oportunidad. Que me vas a hacer musa y entregarme tu ficha más valiosa. Que me vas a esperar al igual que yo te he esperado toda la vida. Pero espero en vano, amigo, porque no vamos a funcionar, porque nunca voy a confiar en ti, no del todo, no como para entregarme sin reservas, no como para contarte secretos que no te pertenecen. Y tú harías lo mismo, porque te quiero en la medida que quise a David, y nunca voy a quererte más que él, ni voy a dejar de quererle. Convivirías conmigo y con las cadenas que llevo en la mano derecha, y al final te ensordecerían de tanto que quiero liberarme, y me muevo, y lo intento, y no logro ser libre. Entonces, si la adivina predijese un día en el que la espera pueda dar paso a una luz al final del camino, nos veríamos atados por nuestros pasados y nos rendiríamos antes de intentarlo, porque los dos sabemos que no podemos escapar de la erótica de quien nos hizo ser literatura. No me gusta ser así. No me gusta amar al sujeto de otra musa, ni desear que ésta desaparezca de su mente, no me gustaría, en el futuro, pensar en que todas tus poesias puedan tenerla a ella, y que todas tus comparativas salgan a su favor. Así que habiendo elaborado una teoría en condicional, sólo me quede dudar de lo que ya vivimos una vez, decirnos que aquéllo fue una tregua, que lo siento enormemente, que la culpa a las mujeres nos abrasa al igual que los hombres que la sentís, que pongamos en standby todo lo que pensamos aquella tarde, y que esto, sea lo que sea, está abocado al desastre, no por actuaciones secundarias si no por  ser nosotros quienes somos. Que lo siento, tanto, que tú eres mi culpa, que ya no me vivo si no que me convivo, que ésto me está haciendo dudar de lo que fue real o no, y a veces me paro en mitad de la noche y llego a preguntarme "¿Sucedió de verdad?" Y recuerdo, entonces, que mi vida está tan llena de cicatrices, de recosidos y de carne rosa y que las cosas nunca son por amor si no por otro tipo de emoción, pero que al menos esa noche, fue la más especial, solitaria y melancólica de mi vida. Y que la llevaré en mi abrigo, en un bolsillito, y me pararé a recordarla cuando las cosas se pongan mal, cuando recuerde que dentro de un mes tendría que dar a luz, cuando me despierten las pesadillas, cuando se vaya de mi muñeca la última conciencia de David, cuando me recuerde que siempre quise vivirme y no convivirme y que tengo lo que he pedido.
Lo siento, por jugar a los lobos y mentirte. Por ser una diana y perder los dardos. Por no tener fichas de valor en el casino.

martes, 21 de marzo de 2017

Narración de la carencia.

El otro día, Malvina, me senté en la silla de la habitación y me puse a pesar en los pantalones que tenía y los que no, porque ando corta de dinero pero quiero unos nuevos, tampoco te creas que tengo tanta variedad, ya estoy un poco harta de los de talle alto, y los que necesitan, porque sí, un cinturón. Es la silla donde solemos esculpir montañas de ropa, así que, a lo mejor, y de torfam totalmente aleatoria, me transmitió su hartura, o no, o todas las cosas literarias si las ves desde el radio correcto. Entonces yo me senté, y me puse a ordenar el cajón de los vaqueros, aunque no todos sean vaqueros, pero queda mejor que pantalones porque uno siempre llega a la frase "Me he hecho pipí en los pantalones" y mira, no. Cuando terminé pensé, o ya no sé si fue de forma premeditada, el caso es que abrí el segundo cajón y de allí salieron, chica, cosas y cosas, papeles, panfletos, cajas, piedras, postales, dibujos, cartas, diarios, hasta pelo, la brújula que creía perdida y el proyectod e filosofía del primer año de bachillerato. Todo aquéllo da igual, mira, no nos importa muhco, hice limpieza, tiré loq ue supe que ya no enendía, o lo que ya no iba a echar de menos, y me centré en lo novedoso de la situación. Abrí los diarios que miles de veces he abierto y desdoblé las hojas de cuaderno con conversaciones amistosas de los primeros cursos de secundaria y allí me di de frente con la idea de que toda mi vida he escrito acerca de mí. No sobre lo que soy, lo que dejo de ser, lo que me gustaría ser, lo que finjo o no, lo que me mata y me remata, no, yo sólo contaba lo que me pasaba, como si eso me hiciera trascender en el tiempo. Esto me lleva a una conversación que tuve con Mario y Eva una vez, ya sabes cómo somos, bueno en realidad no, pero la gente de Humanidaddes hemos creado un nidito donde todos somos el huevo o el pájaro, el que da de comer o come, pero todos somos insectos metamorfoseables, si existe esa palabra. Y hablamos, Eva, Mario y yo sobre la muerte. Ellos dijeron "Ah no, mi mayor miedo es la muerte" y yo entendí, como se llega a entender algo que tocas con los dedos de las manos pero no agarras, todo este miedo. Entonces yo contesté, de manera más o menos mítica o no, porque una siempre lleva el misterio por bandera desde que ha leído lo atrayente que puede llegar a ser en una mujer novelera, que yo no tenía ese miedo "No, porque yo me he asegurado de trascender en el tiempo, con mis escritos y mis libros" No entraré en caminos pedragosos, solo diré que la vida es lo que es para cada uno y cada uno toma la vida, como toma la muerte, con una sonrisa sinuosa o un pavor tremendísimo. Esta idea, la de trascender en el tiempo, con lo que eso supone, o sea, ignorar la valía de mi vida, pues muerte antes que dolor, yo creía que la tenía desde hace poco, no sé decirte la fecha, no es como si apuntara el nacimiento de todas mis ideas en una agenda del alma, pero tengo el presentimiento de que la idea es reciente. Entonces pasó lo de la limpieza del cajón, y mira, resulta que lo de trascender en el tiempo ya llevaba yo pensándolo desde el primer momento en el que me paré a escribir sobre mí. O a lo mejor no fue una cosa de "chss, para, ¿sobre qué escribes? pues empieza sobre ti", no, no lo creo, no me paré a pensar, sino que escribir fue al ritmo del pensamiento, o sea, los dos movimiento. 
Lo siento, he perdido el hilo, el cacharro se me ha apagado y ahora al volver a encenderlo, he perdido la línea. Asíq ue voy a contar otra anécdota. Estoy escuchando una playlist, oye qué mal quedan estas palabras modernas en los ensayos sobre la literatura, buena una de esas colaborativas. Resulta que la hicimos así como a mediados de agosto, tres amigos y yo para irnos de viaje a Jaén. Podría explayarme aquí sobre lo que pasó o no ese fin de semana, lo que me ocurrió y dejó de ocurrirme, porque esas cosas también pasan: las que imaginamos, las que pensamos porque notamos su ausencia, su carencia, la soledad de un "esto tenía que haber sido de otro modo". Podría, y desde hace un tiempo me persigue una vocecilla que ya creía muda, como si de un ente se tratara, con boca, cuerdas vocales y garganta con emociones, que me dice, o gruñe, que si solo contara la historia, por escrito, a David, Goliat o Malvina, podría ya dejar de notar todas las cosas que no pasaron. Llega entonces la explicación de "¿por qué escribir sobre mí, porqué desde tan pequeña?". Sí, supongo que para trascenderme en el tiempo. Pero hay algo mucho más ridículo, algo mucho más primitivo, más romántico, y humano. Empecé a escribir por la falta de oralidad. Ay, sí, la falta de un compañero que escuchase mis aventuras, como en las novelas que tanto me ha gustado leer, ha sido una ausencia presente, como un fantasma, como el de Canterville, y yo Virginia, pero nadie más que yo hace ruido con las cadenas por las noches, así que no sé muy bien qué sintió el fantasma al ser escuchado ni Virginia  al escuchar. No sé si siempre adopté el oyente un género masculino, pero es de necias negar eso. Sí, mon dieu, sí, ansíe un oído y ese oído era la mitad de una naranja. Siempre he sido de amores para siempre. De alguna manera la literatura que soy no me deja ser de otra manera. Sigo queriendo a mi amor de infancia, a la primera chica de mi vida, al primer hombre de mi vida, y al Goliat que lo enfrenta, aunque éste último se me presenta más como una necesidad que una entrega. Así, sigamos con la línea:
La carencia, de todo y de nada, de un no saber qué pasa entre dos personas que se aman, y de saberlo pero como la gran mentira que cuentan en las novelas, me ha ido llevando por un camino de amargura hasta  el día de hoy, cuando descubro a mi gran pesar, o para mi gran disfrute, que toda mi vida he escrito a alguien que no existía, que no tiene forma ni apariencia humana porque un deseo tan ambiguo como este pocas veces puede personificarse. Que he escrito, Malvina, por no sentirme sola, por la ausencia del ejercicio oral, de contarle a alguien, en fin, que con siete años me fui por primera vez de campamento, que me enamoré como una idiota de cuento, y que Barcelona tiene mis risas en el Arco del Triunfo. De hablarle y susurrarle y ver sus ganas en los ojos y una silencio exigente en su boca, en sus oídos, en su lengua. De encerrarme en una cárcel de confianza, pues no hay nada que dé más asco, pero nada que reconforte tanto, y hablar sin miedo durante horas y horas y oír en su silencio una comprensión. Bueno, y mientras estar en un sofá, enterrada en mantas, los dos como indios sentados, de frente y habalr de la nada, hacerme hablar, y luego cerrar los ojos y contarle, con voz aguda, y luego con más seguridad, ya menos irritante mi timbre, y mover menos las manos, y desapareciendo el rubor y el miedo a la espiación de unos ojos que juzgarán narrativamente mis recuerdos, en el fondo, contarle, hacerle escuchar que no recuerdo nada más salvaje que ducharse  a mangerazos, ni tan triste como descubrir que Paris no se ve desde la ventana de mi habitación, o que el amor, esa cosa de miserables, me ha huido toda la vida y yo sin saber por qué.