jueves, 25 de junio de 2026

Anhelos y ternura

 Hola David, 

Ya me he acostumbrado a empezar así las cartas. Te hace menos real. Te hace de otra época. Me hace ser más literaria, menos honesta, fingida, ¿tal vez? puede que la versión literaria de mí y por lo tanto de ti, ya que son conceptos indivisibles, sea la más honesta, la auténtica. 

Empecé a escribir esta carta hace mucho tiempo, puede que nunca la haya terminado, por muchos puntos finales y folios que tenga Malvina; todas las cartas que te escribo y a las que nunca pongo sello son continuaciones la una de la otra, se resumen en anhelos, en la ternura que tengo que anclar al fondo de mi estómago, y cuando veo que se sale por la garganta, por los ojos, desvío la mirada, desvío la vida, y te invento Goliats, y me digo que ya no eres David. 

Todas las cartas que te escribo, salvo las dos que guardas en algún rincón de tu habitación. Pondría patas arriba tu casa con tal de encontrar ese hueco, con tal de encontrarlas debajo de tu almohada, con tal de que estuviesen tan dobladas, tan manoseadas, las esquinas rotas, tan leídas, que de alguna manera te hayan embrujado, como si fuesen una poción, un hechizo, y hubieras caído en su influjo. Y deseo que la ternura se me salga de los ojos y forme un río que llegue hasta la puerta de tu casa. Que llegue hasta ese corazón. Que llegue hasta tu boca, y suspires. Y anheles. 

Esto no iba a ser una carta de. Esto no iba a ir sobre la ausencia. Esto iba a ir sobre Pablo. 

Hola Pablo, 

Sí, estoy bien. Lo siento por no responderte antes. ¿Lo siento de verdad? No quiero engañarnos mucho. No, no he sentido no responderte. Simplemente no sabía cómo hacerlo. Qué coño, sí que sabía, siempre he sabido muy bien lo que quería decirte, pero como le dije a Mario, a veces me cuido de ser tanto, y otras me da absolutamente igual. 

Llevo semanas sumergida en la literatura. Sumergida en libros románticos, que se encadenan unos a otros, y confundo finales, personajes, gestos. Estoy acumulando un anhelo que no hace más que llevarme a un lugar del que sé que luego me caigo, como la manzana del árbol, y que me deja llena de arrepentimiento y vergüenza. Solía llamar a estos días los días rojos, si el deseo chisporroteaba en mi cuello, o los días azules, si la infelicidad de mi vida rutinaria me hacía querer leer y leer hasta olvidarme de que aquí, el que más pierde es el que no siente. 

El verano, como me ha dicho Marta, es una época en la que uno siempre piensa en la vida. Creo que una vez al mes digo esa frase que me susurraste (el susurro es mentira, tú nunca susurras, tú hablas alto y claro, con voz grave, firme, y sentencias, pero con los años he preferido decir que lo susurraste porque le da aquella noche en el parque de Eugenia de Montijo, una intimidad que ya no sé si me inventé o que de verdad teníamos) "la noche me gusta porque nadie espera nada de mí, no hay expectativas". Las noches de verano, de tan breves, llenan el alma de una calma ausente de los anhelos del día. 

Me he pasado la vida diciéndome que no es para tanto. Me he pasado las mañanas y las tardes, y las noches más, siendo el carcelero de un corazón que sabe perfectamente dónde quiere estar. Y agarro fuerte las llaves, y y le digo que tenemos que ir una celda más oscura cada vez, y cada vez que le saco de la habitación, en esos breves momentos que a veces se alargan meses y años, lo tengo en mis manos y me digo que no es para tanto, que amar de esta manera no es de verdad, que no es real, que es toda una historia, porque te has hecho a ti misma con novelas de amor. Y todas las veces acabo enterrándolo en un lugar más frío, hasta que lo he ido dejando tan pálido de sol que me he ido olvidando de que esta niña que ha crecido, ha crecido porque te ha querido. 

Dios mío si solo pudiera pedir una cosa en la vida. Nos desearía tres noches y nada más. Y el resto de la vida, ay el resto de mi vida, entre este triunvirato de amores: el de verdad, el del anhelo, y el literario. Descubre tú quién es quién. Juega a los dardos y finge que no me has dado con ninguno. 

No te voy a enviar esta carta. No te voy a enviar nunca nada más. No voy a esperar hasta 2042 para abrir la carta doblada que le escribiste a Malvina, no voy a estar como un acróbata encima de la cuerda, mirando al vacío. No voy a estar esperando, porque no sirve de nada. Dios mío, no sirve de nada, y qué dolor en estas cuatro palabras. Primer dardo: no eres suficientes, segundo dardo: No, está todo en tu cabeza, tercer dardo: no, para mí no ha sido tan importante. 

Volvemos de nuevo, a ver si logro escribir a Pablo, a ese que pasea conmigo por el retiro, a ese que me cogió de la mano y me ayudó a correr para no perdernos los fuegos artificiales del 15 de mayo. A ese que tiene una mirada tan profunda, tan verde, que siempre me acuerdo de Concha y de la explicación del Dolce Stil Nuovo, y de que el amor, alumnos, se escapa por los ojos, y que la garganta, y no el corazón, es el centro de todas las emociones ¿acaso no se te cierra la garganta cuando sufres?, pues porque ahí lo concentramos todo. Eso dijo, y desde entonces el amor se me ha concentrado en algún lugar detrás de la lengua, que la tengo bien quietecita porque si dijera de verdad lo que quiere decir, me quedaría sola, y al menos así tengo tu presencia, la de Goliat, la de los hombres que no me han correspondido. Pero nadie me ha atado las manos, y ellas no concentran la emoción igual, solo sostienen corazones y palabras, y escriben, escriben largas cartas de amor, y atan anillos a sus dedos que luego convierte en tatuajes. 

Me está quedando una carta de amor. Ya sabes que siempre voy a ser esa chica. Ojalá pudiera decirle a Goliat que se leyese esta carta, y ojalá decirte que te leas la que yo le envié a él, porque sorprendentemente, en esa conseguí que el personaje literario no lo invadiera todo, si no que fuera Mario, ese Mario que me hace reír entre cafés, y que consigue que la vida adulta nunca sea A B y C, si no que puedes darte la vuelta y volver a empezar. 

De repente, todo ha enmudecido. Así es como sé que nunca voy a terminar una novela. Porque al momento de poner un punto en algún lugar de esta carta, he perdido el hilo. Por eso me fascina tanto que tú nunca salgas de tus libros y los lleves contigo en el tren, con Patri, y en medio de las oposiciones. Porque yo ya me he perdido, y de repente, no merece la pena terminar de escribirte. Porque sé que esto es solo para mí, porque he empezado queriendo hacerte una carta sobre preguntas, y he terminado, como siempre, con el deseo de nunca jamás: no crecer. 

He desenterrado
las penitas del pasado,
por eso tengo lágrimas
y tierra entre mis manos.
Perdóname, mi amor
si solo te hablo de la muerte
será porque a vivir
a mí nunca me han enseñado.

He desenterrado estas palabras
para siempre,
porque no arreglan nada
dentro de una caja fuerte.
Perdóname mi vida
por todo lo que he tardado.
En esto de quererse
solo pierde el que no siente.