martes, 14 de julio de 2026

Siquiera

 Tengo la sensación de no tengo nada que decirte. Nada más, en todo caso. Nada más que lo que ya dije. Nada más de lo que le llevo escribiendo a Malvina durante años. No tengo mucha paciencia estos días. Ya no tengo mucho de nada estos días, salvo esta ansia e incertidumbre. ¿Tiene acaso sentido? ¿Qué puedo decir? Si solo quiero decirte que espabiles. Me lleva la mala leche. Esto no va a salir bien. Ni tengo la mejor banda sonora, ni las cosas están fluyendo. Lo único que quiero es que dejes de pedirme cosas. Deja de tratarme así. Deja de exigir hasta la coma detrás del sujeto, cariño, ahí no debe estar, por mucho que quede mejor. Tengo la sensación de que no me has querido conocer. Que mi hilo, ese que sale de mí y acaba en ti, cada vez se deshila más. Le están saliendo flecos, y ya hay tantos nudos que no sé si este amor es una historia que me cuento o queda algo que merezca la pena salvar. La ultimas veces que hemos quedado me he aburrido. Yo ya no te entiendo. Es como ver a un Peter Pan aprovechado. No es como Mario, él sigue queriendo volar, y tú has dejado de creer en las hadas. Eres esta cosa abstracta y mustia, que no cierra la puerta de su casa, y no toma decisiones, y no espabila. Los hombres no queréis salir de la idea. La vida no es una idea, es tirar palante, es querer huir y renunciar a ti y salir. Porque siempre hay tiempo de volver a ser uno, de reconstruir los cachos. Pero hay que salir al mundo. Hay un abismo entre tú y yo. Te doy cien zancadas. Te adelanté hace mucho tiempo. No sé porque insisto en seguir a tu lado. No tienes objetivos. 

A veces logro ver a través de todo lo que eres, durante una hora, puede, y me felicito por no tirar la toalla. Mira, me digo, ahí está, por este que es ahora sigues enamorada. Pero luego te esfumas. Puede que el encanto que haya visto en ti se marchó en el momento en el que pusiste cadenas para otra. Puede que lo que me lleve a escribir esto sea la rabia, la lástima, y en el fondo, las ganas de que en el fondo, lo único que quiero es equivocarme. Quiero seguir atada a ti. Te he hecho un mundo entero, y Olga me ha enseñado que todo era mentira. Que hace mucho tiempo que dejé de ver este encanto. Que sigo queriendo tener 17 años, pero que ya no los tengo. Hace diez años de todo aquello. El tiempo pasa para todos. 

Cuando me hice el tatuaje supe que te iba a querer para toda la vida. No de la misma manera, pero siempre vas a ser ese chico demasiado creído de sí mismo, orgulloso, y a la vez tan literario, que vio algo en mí, pero no lo suficiente. Y yo siempre voy a ser esa chica fascinada por ti, hasta el punto de la obsesión. El amor, este amor no correspondido, ha marcado buena parte de mis años veinte. Pero creo que te estas marchando, o te estoy echando. Y por primera vez, no quiero poner una piedra en la puerta para que no se cierre. El viento del oeste está llegando. Jorge es todo lo que me importa ahora. Solo quiero tener sus hijos, cogerle de la mano siempre, meter la cabeza en el hueco de su cuello y oler el sol en su pelo. Solo quiero tenerle cerca y acompañarle en la vida, ser su ancla, que sea mi faro. Solo quiero amarle a él, porque él es el único que me conoce. 

¿Me conoces siquiera?

jueves, 25 de junio de 2026

Anhelos y ternura

 Hola David, 

Ya me he acostumbrado a empezar así las cartas. Te hace menos real. Te hace de otra época. Me hace ser más literaria, menos honesta, fingida, ¿tal vez? puede que la versión literaria de mí y por lo tanto de ti, ya que son conceptos indivisibles, sea la más honesta, la auténtica. 

Empecé a escribir esta carta hace mucho tiempo, puede que nunca la haya terminado, por muchos puntos finales y folios que tenga Malvina; todas las cartas que te escribo y a las que nunca pongo sello son continuaciones la una de la otra, se resumen en anhelos, en la ternura que tengo que anclar al fondo de mi estómago, y cuando veo que se sale por la garganta, por los ojos, desvío la mirada, desvío la vida, y te invento Goliats, y me digo que ya no eres David. 

Todas las cartas que te escribo, salvo las dos que guardas en algún rincón de tu habitación. Pondría patas arriba tu casa con tal de encontrar ese hueco, con tal de encontrarlas debajo de tu almohada, con tal de que estuviesen tan dobladas, tan manoseadas, las esquinas rotas, tan leídas, que de alguna manera te hayan embrujado, como si fuesen una poción, un hechizo, y hubieras caído en su influjo. Y deseo que la ternura se me salga de los ojos y forme un río que llegue hasta la puerta de tu casa. Que llegue hasta ese corazón. Que llegue hasta tu boca, y suspires. Y anheles. 

Esto no iba a ser una carta de. Esto no iba a ir sobre la ausencia. Esto iba a ir sobre Pablo. 

Hola Pablo, 

Sí, estoy bien. Lo siento por no responderte antes. ¿Lo siento de verdad? No quiero engañarnos mucho. No, no he sentido no responderte. Simplemente no sabía cómo hacerlo. Qué coño, sí que sabía, siempre he sabido muy bien lo que quería decirte, pero como le dije a Mario, a veces me cuido de ser tanto, y otras me da absolutamente igual. 

Llevo semanas sumergida en la literatura. Sumergida en libros románticos, que se encadenan unos a otros, y confundo finales, personajes, gestos. Estoy acumulando un anhelo que no hace más que llevarme a un lugar del que sé que luego me caigo, como la manzana del árbol, y que me deja llena de arrepentimiento y vergüenza. Solía llamar a estos días los días rojos, si el deseo chisporroteaba en mi cuello, o los días azules, si la infelicidad de mi vida rutinaria me hacía querer leer y leer hasta olvidarme de que aquí, el que más pierde es el que no siente. 

El verano, como me ha dicho Marta, es una época en la que uno siempre piensa en la vida. Creo que una vez al mes digo esa frase que me susurraste (el susurro es mentira, tú nunca susurras, tú hablas alto y claro, con voz grave, firme, y sentencias, pero con los años he preferido decir que lo susurraste porque le da aquella noche en el parque de Eugenia de Montijo, una intimidad que ya no sé si me inventé o que de verdad teníamos) "la noche me gusta porque nadie espera nada de mí, no hay expectativas". Las noches de verano, de tan breves, llenan el alma de una calma ausente de los anhelos del día. 

Me he pasado la vida diciéndome que no es para tanto. Me he pasado las mañanas y las tardes, y las noches más, siendo el carcelero de un corazón que sabe perfectamente dónde quiere estar. Y agarro fuerte las llaves, y y le digo que tenemos que ir una celda más oscura cada vez, y cada vez que le saco de la habitación, en esos breves momentos que a veces se alargan meses y años, lo tengo en mis manos y me digo que no es para tanto, que amar de esta manera no es de verdad, que no es real, que es toda una historia, porque te has hecho a ti misma con novelas de amor. Y todas las veces acabo enterrándolo en un lugar más frío, hasta que lo he ido dejando tan pálido de sol que me he ido olvidando de que esta niña que ha crecido, ha crecido porque te ha querido. 

Dios mío si solo pudiera pedir una cosa en la vida. Nos desearía tres noches y nada más. Y el resto de la vida, ay el resto de mi vida, entre este triunvirato de amores: el de verdad, el del anhelo, y el literario. Descubre tú quién es quién. Juega a los dardos y finge que no me has dado con ninguno. 

No te voy a enviar esta carta. No te voy a enviar nunca nada más. No voy a esperar hasta 2042 para abrir la carta doblada que le escribiste a Malvina, no voy a estar como un acróbata encima de la cuerda, mirando al vacío. No voy a estar esperando, porque no sirve de nada. Dios mío, no sirve de nada, y qué dolor en estas cuatro palabras. Primer dardo: no eres suficientes, segundo dardo: No, está todo en tu cabeza, tercer dardo: no, para mí no ha sido tan importante. 

Volvemos de nuevo, a ver si logro escribir a Pablo, a ese que pasea conmigo por el retiro, a ese que me cogió de la mano y me ayudó a correr para no perdernos los fuegos artificiales del 15 de mayo. A ese que tiene una mirada tan profunda, tan verde, que siempre me acuerdo de Concha y de la explicación del Dolce Stil Nuovo, y de que el amor, alumnos, se escapa por los ojos, y que la garganta, y no el corazón, es el centro de todas las emociones ¿acaso no se te cierra la garganta cuando sufres?, pues porque ahí lo concentramos todo. Eso dijo, y desde entonces el amor se me ha concentrado en algún lugar detrás de la lengua, que la tengo bien quietecita porque si dijera de verdad lo que quiere decir, me quedaría sola, y al menos así tengo tu presencia, la de Goliat, la de los hombres que no me han correspondido. Pero nadie me ha atado las manos, y ellas no concentran la emoción igual, solo sostienen corazones y palabras, y escriben, escriben largas cartas de amor, y atan anillos a sus dedos que luego convierte en tatuajes. 

Me está quedando una carta de amor. Ya sabes que siempre voy a ser esa chica. Ojalá pudiera decirle a Goliat que se leyese esta carta, y ojalá decirte que te leas la que yo le envié a él, porque sorprendentemente, en esa conseguí que el personaje literario no lo invadiera todo, si no que fuera Mario, ese Mario que me hace reír entre cafés, y que consigue que la vida adulta nunca sea A B y C, si no que puedes darte la vuelta y volver a empezar. 

De repente, todo ha enmudecido. Así es como sé que nunca voy a terminar una novela. Porque al momento de poner un punto en algún lugar de esta carta, he perdido el hilo. Por eso me fascina tanto que tú nunca salgas de tus libros y los lleves contigo en el tren, con Patri, y en medio de las oposiciones. Porque yo ya me he perdido, y de repente, no merece la pena terminar de escribirte. Porque sé que esto es solo para mí, porque he empezado queriendo hacerte una carta sobre preguntas, y he terminado, como siempre, con el deseo de nunca jamás: no crecer. 

He desenterrado
las penitas del pasado,
por eso tengo lágrimas
y tierra entre mis manos.
Perdóname, mi amor
si solo te hablo de la muerte
será porque a vivir
a mí nunca me han enseñado.

He desenterrado estas palabras
para siempre,
porque no arreglan nada
dentro de una caja fuerte.
Perdóname mi vida
por todo lo que he tardado.
En esto de quererse
solo pierde el que no siente.

viernes, 19 de octubre de 2018

Saber que no estas.

Me gustaba escribir novelas. Me gustaba cerrar los ojos e imaginar. Me gustaba escribir, frases largas, que no me avergüencen, que solían tener ritmo o no, a veces las atropellaba, como ese fragmento de El tiempo del silencio que tuve que leer en voz alta y me vi con agua en los ojos. Escribo a trompicones porque desde que le conozco dejé de ser la que era, aunque nunca fui del todo mía, siempre fui de David. He ido a dar con la china del zapato, un hombre que no me inspira pero me quiere, a su manera, de manera egoísta, nada literaria y de ausencia metafórica. He aprendido a admirarle a través de sus palabras, las palabras de lo que ahora escribe, me imita, esa era yo, ésa eramos nosotras, Emma. Qué desdichadas somos ahora.
Ya no sé escribir, si hacerlo merece la pena, si acaso le interesan mis palabras a Malvina o si de ella también me cansé ya que por fin tengo una bendición. He dejado tanta piel en estos años que me toco y no soy yo.
Me gustaba estar sola. Siempre le dije a David que no quería amores. Salvo el suyo, pero el suyo era tan bueno, tan alegre, tan trágico que me incitaba a la escritura, como quien se da a la bebida, de manera incontrolada, nunca es suficiente, siempre cabe una escena más, o trescientas escenas de la misma situación y distinto diálogo. Desde que estás en mi vida ya no sé qué soy. Dónde está mi lugar. Siempre estuve mejor sola, enamorada y sola.
Antes de conocerte quería a David  y David me hacía ser lo que he siempre he querido ser. Hoy he creído ver aquella barbilla, sus manos tarzianas, aquel rídiculo bigote, pelusa, que le salía encima de los labios. Nunca tuvo una boca bonita pero hablaba, y hablaba, así que uno dejaba de verla como elemento erótico, era más un símbolo de su ser. No he podido escribirle una carta. Él nunca tuvo otro nombre que el que ya tiene. Acaso es aquel Jorge pero su esencia es muy distinta.
Solía gustarme escribir, tenía un sentido. Le contaba a David las cosas que no podía contarle. Ahora surge en mí de nuevo esa necesidad. Tengo miedo del rencor que surja de esta carta. A él, que podría contarle cualquier cosa, y sin embargo, no quiere. A él, que podría escribirle metáforas con rotulador, hablarle sobre Barcelona, sobre el dolor de la sangre, las miradas de ojos verdes, el miedo a no volver. A él, que no me quiere lo suficiente y no me entiende.

Me gusta La Moda. Me gusta porque es triste y me traslada a Goliat. Mario es Goliat. Siempre ha sido y siempre lo será. A veces solo quiero decirte Malvina, que tener novio no me ayuda a ser yo sino que me confunde. Que él no me entiende, que no quiere hacerlo, y yo ya no puedo darme más.

jueves, 9 de noviembre de 2017

He vuelto a escuchar nuestra canción. No es nuestra. Es sólo mía, y lo es porque nunca me hiciste tuya. Hay veces en las que sólo quiero gritarte, escupirte mil insultos, soltarte un "gilipollas", decirte que eres lo peor que sin duda me ha pasado alguna vez, peor que mi infancia, peor que mis pesadillas de las tres de la mañana, peor que el vacío existencial, que eres un mierdas, que no vayas de bueno, que me repatea que ella no me apoye, que sea tu amiga, que me haga callar, que también me envuelva en el silencio, cómplice, eso eres, qué grave, empujarte, darte una bofetada, golpearte el pecho hasta llorar de culpa, por tu culpa. Otras veces, sin embargo, no quiero decirte nada. Entonces es peor. La rabia al menos me hace desear cambiar las cosas, la nada sólo me hace ser este despojo de arrepentimientos. La nada me hace nada porque ya no se pueden cambiar las cosas, el pasado, lo que hiciste, lo que sentí, lo que pasó después, y todo lo que ha pasado desde que te tengo enquistado. Cuando pienso esto me pongo toda azul, me deslizo en un rincón, me imagino que no tengo lengua y no hablo, no escucho, sólo miro a través de cascadas y espero. Espero a que se pase. Espero. Espero. Y de nuevo, la rabia.
La tristeza me  vuelve furiosa. Y la furia me vuelve triste. Es un círculo vicioso que no logro romper. Como estar en el noveno círculo de Dante. Los lunes se han vuelto el día feliz de la semana. Logro salir del Madrid al que me has llevado a rastras. Ocupo mi tiempo en pensar  otras cosas.
Ya ha pasado más de un año. Es peor el paso del tiempo, porque ello implica más conocimiento. Ahora sé lo mal que estuvieron las cosas desde el principio. Ahora sé que nunca tenía que haberme cruzado contigo.
No sé cómo seguir con esto.
Solo quiero un manifiesto. No es justo. Esto no es justo. Sólo quiero ir a cualquier otra parte, a ese momento en las escaleras y decirme: "Un hombre que no te coge de la mano al subir las escaleras a su habitación no merece la pena"

jueves, 21 de septiembre de 2017

En Viernes.

-Bueno.
Le miro de reojo. Hace unas semanas me hubiera reído, por tapar el silencio, yo qué sé, y luego habría dicho algo estúpido "Ya te digo" "Desde luego" "Lo tuyo es grande." Me digo que ahora ya no digo esas cosas, que puedo mantener el silencio, pero es mentira. Sí, es mentira porque me sigue poniendo nerviosa, puedo repetir muchos sinónimos: que me altera, que me excita, que me hace enrojecer, y la verdad seguirá siendo la misma. La verdad de que sus ojos son tan tranquilos que una mierda me tranquilizan si no que me cosquillean en las comisuras de la boca y me fuerzan a no sonreír, porque Dios, chispean, y me hacen enmudecer o humedecer, para el caso es lo mismo, no respires, no pongas puntos, de esto se trata este discurso de soltarlo todo sin respirar para que el oxígeno no llegue al cerebro y utilice la conciencia en mi contra punto te digo que no es normal a estas alturas de mi vida que tenga una lista de adeptos al fracaso amoroso pero que ya estoy harta de numerarles, de encontrarles hueco en mis costillas y acariciarles en silencio porque sólo me dan silencio, ninguno grita, ninguno se declara y para qué hacerlo yo punto lo que no es normal es que yo me enamore tanto y me defino como enamoradiza pero no es así, sólo tengo la buena o mala suerte, depende de la perspectiva, de encontrarme a mitades que tienen los vacíos que rellenan mis huecos, como si fuéramos un puzzle, ay, David, Goliat cuántos sueños habéis poblado. Ya era hora de poner un punto.
-¿Cuándo te vas?-Pregunto. No le miro, seguimos andando, sin prisa, pero con un destino fijo.
-¿Cómo?
Le ha salido esa voz que pone cuando acaba de escaparse de sus pensamientos.
-Sí, que cuándo te vas a casa de
-El martes-Me interrumpe.
-Ya.-Toso.- ¿Y?
Esta vez me mira. Siento sus ojos  así que le busco con los míos.
Se encoge de hombros. Suspiro. A veces los hombres son inútiles. No saben leer entre líneas.
-¿Puedo soltar una cosa?
No sé porqué lo he dicho. Los dos nos tensamos. Es la primera vez que estamos en un situación así. Ya sabes, esa situación que no controlas, donde la otra persona te puede salir por cualquier lado pero seguro que no es algo bueno, seguro que es algo serio porque si fuera algo banal no haría falta la pregunta. Así que como la tensión está en el aire paro de caminar  y me meto las manos en los bolsillos. Él sigue andando pero se gira al cabo de dos pasos.
-Llevo guardándome esto mucho tiempo ¿sabes? porque intento cambiar un poco o no o sólo volver a la chica que era antes. Y llevo mil años leyendo entre líneas y estoy harta, nunca se me dio bien, y ni mil ni dos mil años me van a hacer entender que aquello que se lee de pasada nunca se va a entender, por muy moderno y casual que suene ahora. Ah sí, una mujer moderna, estamos en la misma línea, no hace falta hablar, bueno pues ahora te digo que sí, que qué pinta ahora, pues yo qué sé.
Me callo. Porque en el fondo aún sigo sin saber si quiero decirlo o no. Tal vez solo tengo miedo de sonar estúpida, muy romántica, ilusionada, pesada.
-Ya me estás mirando así. Hoy lo tengo que soltar todo ¿vale? Soy una fuente, vale, no más dobles sentidos, ¡no me pongas esa cara! Busco ser sincera pero por el ángel no me lo hagas tan difícil. Sólo quiero ser yo, pero me hizo tanto daño. Me rompió en dos.
Cierro los ojos. Y con el recuerdo de otro todo se hace tan irrisible. Qué más da lo de ahora si ya tengo un para siempre, las palabras no tan sinceras que le pueda decir a este chico no son nada comparado con la que fui con otro. Y sé que no voy a ser sincera, que me escudaré en frases de cortesía, en expresiones laberínticas.
-Ni siquiera quiero hablar del tema. He leído lo suficiente como para saber qué es lo que pasa. La que está hablando hoy es la mujer insegura que quiere comerse el mundo y la aseguran que las acciones no siempre demuestran las emociones. Sólo estoy buscando que me hagas un plano de lo que sentiste aquella noche. Sólo quiero decirte que lo siento, que ojalá hubiera sido menos orgullosa como para haberte dicho que te necesitaba. Que fue lo mejor que me había pasado. Que cambiaste mi eje. Que me enseñaste toda una nueva teoría de cómo puede ser la lujuria.
Abro los ojos. Él me está mirando. No sé descifrarle. Me río, porque es tan inútil este discurso.
-Da igual, solo tengo un día especialmente delicado. Vamos, anda.
Aprieta mi brazo. Trago. No le miro. Debería haberlo hecho en viernes.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Volver, segunda conjugación.

Hola Malvina:
He vuelto a ser poesía. Entiéndase ser poesía como la forma que adopta el sujeto cuando no sabe ser realidad y recurre a la metáfora, cuando soltar una frase descriptiva deja mucho de una misma y decide embellecer aquello que aún no tiene ni nombre. He vuelto a caminar por las vías del tren de puntillas, descalza, fingiendo que la caída no supone un fracaso sino la recuperación de la gravedad. He vuelto a decirle a David que de nuevo me acuerdo de él, al acariciar el miedo que un día vi en sus ojos, en el reflejo de los míos. He vuelto a estar sola y a esperar que la ambición deje de luchar y se canse, que se agote, que lentamente se resigne: no sirve de nada desear, niña, si todo lo que deseas bien de sobra  sabes que es imposible. He vuelto a tener miedo de lo que un día desdeñé: al vacío del cuerpo físico, qué memoria ni que nada, yo quiero verte, mirarte, tenerte, recordarte no te vive,  que no te resucito solo te atraganto. He vuelto a juntar las esquinas de la manta que arropa mis pies, me digo que septiembre  siempre fue injusto pero qué mentira tan grande, septiembre no fue injusto, me fue desleal, sólo a mí. He vuelto a acortar las frases y repetirlas hasta que la anáfora se haga tan aburrida que ya no me quede nada que decir salvo un: otra carta más para esta mujer de mi vida.

He vuelto a ser la que era, cómoda en mi piel, cómoda en la vida, cómoda en la muerte. He vuelto a vivir lo que no significa vivir y a experimentar el primer puñado de arena que cae en el baúl de los recuerdos. He vuelto a estar triste a solas y ser irónica en público.  He vuelto a lo que no era pero deseaba y soltar verdades aún y cuando me callo las que menos deseo saber y más daño me hacen. He vuelto, porque uno siempre puede volver, aunque sea cerrando los ojos y echando a volar la imaginación. He vuelto como quien vuelve al lugar de los hechos, cerrando heridas, acariciando piedra. He vuelto, cariño.

Tengo esta imagen grabada en la mente: la de un abrazo frente a una losa de cuatro nombres y un hueco de cinco ataúdes. La de un niño llorando con la mano pegada a la frente, y la mirada al suelo, borrosa, húmeda, pasada por agua. Y una mujer, con gafas de sol, llorando porque otro llora, abrazando con tanta fuerza que una no sabe qué tristeza es más grande, la del amado, la del amante, la del que es consolado o la que consuela, pero sobretodo, la del que permite ser consolado o la del que grita de dicha por ese permiso.
Hoy, Malvina, sé cómo te bajaron con cuerdas tu ataúd, el sonido de la tierra cuando golpea la madera, y el intento vano de fingir que ahí abajo no hay un cuerpo, porque ya jamás volverás a vivirle.

sábado, 19 de agosto de 2017

Miedo.

Hola Malvina:
Mañana hará un año. Todo lo que es digno de mención en mi vida ha pasado, en ese impermeable cambio de día, un día que nace de noche, que yo ya me he hartado de llamar madrugada, pero que en verdad no tiene porqué nombrarse pues aquello que pasa en la ambivalencia no merece ser fechado. Así que pretendo que a veces pasa un 19 y otras un 20, que pasó el día de San Esteban o el de antes de Los inocentes, que fue el 25 o el día de Santa Ana. Y otras veces el destino ya me dice qué día tiene que ser, porque hace de un numero una fecha que resulta ser una coincidencia, esto último y no casualidad porque ellas no existen.
Hoy, hoy hace un año de la entrada de mi cuerpo en una recesión que se vio súbitamente interrumpida por la llegada de un ente literario que supo desmentirme todo lo que mi mente se había obligado a creer. Hoy escribo a metáforas porque las palabras sinceras son muy reales, y de lo real se pasa a lo brusco, a lo harto, a lo difícil que es entender el dolor de un cuerpo expropiado.  Hoy, en este término que se llama madrugada, que no sé si  es hoy o mañana, en la noche, empezó un retraimiento de la lujuria en pos de la ternura, y de la ternura que implica la lujuria de un hombre tierno. Hoy, Jorge, te convertiste en Jorge. Lo de antes, la de antes, se quedó en un balcón con la única presencia de una luna marinera que no hacía más que recordarme la inferioridad de mi ser. Ojalá pudiera ser mas poética. Ojalá pudiera decirte todo lo que me pasó aquella noche. Ojalá el nombre de Petrarca hubiera sido más trágico, ojalá me hubiera abrazado un poco más, callado más, preguntado más, o menos. Ojalá simplemente no hubiera estado tan confundida con mi propio cuerpo, ojalá hubiera estado más segura de lo que hay que hacer. Jamás me sentí tan sola, escúchame, no lo hagas, quiero que me entiendas, que oigas estos gritos silenciosos, porque ya no sé cómo decirte que me perdí, que un 14 de noviembre no se compara a lo que viví el año pasado. Dime, David, ya que tú eres el único que lo sabe, si las cosas podían haber sido diferentes, si la vida me hubiera dado a elegir, si no le hubiera contado esta soledad a la confianza en vez de a ti, tú que tan poco me diste.
Se me ha venido a la memoria aquella vez en la que fui contigo y con Violet a tu antiguo instituto. Te sigo echando menos, aunque cada vez menos. También se me ha pasado por la memoria aquel libro que leía una y otra vez de pequeña, ese en el que salía un leñador con barba en la portada, en un fondo azul marino con dos o tres cipreses al fondo. Siempre se me olvida el nombre. Recuerdo también aquel libro de los hermanos Grimm que dejé en la librería de la plaza del dos de mayo, donde pienso llevar al que aún no tiene nombre, no, Germán. Es un bonito nombre. Se me acaba de ocurrir. Le pega. Se me pasa por la memoria también el anciano de la calle Dr. Roux, el que me dijo que el cementerio sí que estaba abierto, solo que había que abrir el portón negro.  Cualquier cosa me vale para no pensar en aquella noche.
Ya no sirve la rabia. Ya no sé qué quiero. Ya no sé si me perdí, si perdí la lujuria o es que nunca la sentí realmente, si he sido siempre así de puritana o es algo que he conseguido con el precio de recordar. Siempre me pregunté por las primeras veces, no me gusta ir de nuevas por la vida, tengo curiosidad en mi imaginación hasta que se lleva al plano real, entonces me escondo y no soy capaz de sacar ni las antenas. Pero siempre me dije que era fuerte, que nada, o casi nada podía romperme. Hasta que me rompí. No sabía que podía ser tan sensible, patética, triste, melancólica. Nunca pedí ayuda. Siempre la necesité pero la hice tan imposible que acabé por desdeñar cualquier rostro de socorro. Me habéis convertido en esto. Vosotros los hombres me habéis convertido en un ser ninfómano que intenta tapar con tiritas una hemorragia interna. Dime qué debí hacer. Dime si al principio no ayudó como el mejor de los jarabes, dime si no me sentí al control, dime si no dije que podía ser lo que quisiera. Entonces llegó hoy. Y toda aquella lujuria, los líos de una noche, los encuentros casuales en bares, los chicos sin nombre  pasaron a ser tan fríos. Y me vi como ellos me veían, una mujer a su merced. No, no me había recuperado a mí misma, sólo me había hundido más en el hoyo.
Hoy no soy literatura. Hoy solo soy una mujer. Una mujer que ha temido, una mujer que siente un miedo que a veces no es capaz de controlar. Hoy solo soy una mujer que recuerda y saber perdonarse, que siente, que padece de la peor enfermedad: la de no encontrar su lugar. Hoy, hoy hace un año que sentí tanto asco, que por primera vez entendí que los cuerpo siguen siendo cuerpos, y que el intercambios entre ellos se hace innecesario si no hay de por medio ternura. Hoy solo soy una mujer que grita en su pequeño cuarto que ha sentido miedo. Miedo. Miedo a la lujuria, miedo al amor, miedo a los hombres, miedo a sus genitales, miedo a su posesión, miedo a compartir, miedo al frío. No, no fue el propio sexo lo que me paralizó, si no el absoluto abandono de después. Me dicen que tengo que perdonar, que hizo las cosas como pudo, que debí decirle que se quedara. Fue un idiota. Uno puede ser idiota y no ser del todo mala persona. Pero fue un idiota en el peor momento. No supe que iba a necesitar ternura hasta que lo necesité. Un beso más apasionado. Una caricia. Un abrazo y un guiño. No la absoluta soledad. No puedes dejar a una mujer a merced de la noche después de haberla follado. No si es la primera vez. No si desconoces el miedo que sintió alguna vez, no si tratas a una virgen como una mujer madura. Aún me sigo reprochando el quejarme, el exigir un gesto más tierno. Venga, mujer, todas hemos tenido primeras veces horribles, la tuya es estupenda comparada con la mía, venga, puedes tener sexo sin amor, hay que saber diferenciar, tienes que ponerte en situación, el tío no se espera que tú le pidas una caricia. Y ahora digo que me quejo. Que gran parte de mi tristeza fue descubrir que los amantes pueden ser igual de fríos que los hombres de los callejones. Que los chicos con los que paseas por el parque pueden ser igual de asquerosos que los recuerdos más horribles. Lloré por muchas cosas aquella noche. Ahora sé que en parte buscaba atención. Sí, buscaba que me abrazara sin más y me dijera que lo de anoche había sido genial o un desastre pero que se alegraba en el fondo de haber tenido un rollo conmigo. Aunque volviera con su novia. Aunque me dejara embarazada y tuviera que hacer todo lo que una vez me juré no hacer. También sé que lloré porque recordé lo que es el asco. El miedo. Yo pensaba que iba a ser diferente. Fui una Madame Bovary. Pensé que iba a ser frenético, bonito, divertido. Y resultó llenarme de frustración, de asco y de miedo. Me hizo recordar no vivencias nuevas que ya sabía, si no sentimientos que había enterrado en pos de mi bienestar. Hombres en jardines condenados a verse a través de mis ojos todos los días por el resto de mi vida hasta que me mude de Madrid. Al principio cerraba los ojos al pasar por el lugar, ahora ya sólo desvío la mirada y me fijo en la higuera que crece torcida. Me digo que algún día crecerá tanto que tendrán que cortarla porque impide el paso de coches en la carretera. También me suelo preguntar porque tengo tanto miedo de la noche si ocurrió de día. Pero ahora sé que los recuerdos siempre vuelven de noche cuando la luz de los ojos ya no alcanza para ver la realidad. Ahora sé, también, que jamás volveré a contar que sentí una vez un miedo terrible, porque se curará cuando sienta una ternura que se la compare en magnitud. Sé que no iba a conseguir olvidar nada a través de líos de una noche. Ahora sé que las historias siempre se repiten pero que la segunda vez no nos pilla tan desprevenida. De todas maneras me quejo, yo no sé quién ha escrito la suerte de mi vida pero a ese ser le digo: deja de encadenarme a hombres que me convierten en la otra, que me llenan de silencio. Estoy harta de David y Goliat, y parece que Yavhé quiere encontrar su lugar, aunque no sé si fiarme de un ente espiritual, al menos los otros dos eran de carne y hueso.
Hoy, hoy que recuerdos ajenos me han hecho revivir esta la mía desgracia, digo que quiero quejarme. Que merezco quejarme y que algún día gritaré que las cosas nunca estuvieron bien. Que el miedo a veces viene de la soledad y no del hecho en sí. Que la vida se merece algo más de mí. Que me siento tan sola, cariño, tan sola, que me pregunto si alguna vez dejaré de sentirme así. Que duele como si me hubieran arrancado lo más querido, y lo hicieron, oh sí. Que desde entonces ya no soy la misma. Que nunca supe ser yo. Que ya no escribo porque para escribir vanas esperanzas si nunca se harán realidad. Que solo soy un trozo sensible de alma que ya no sabe ser sincera. Que sintió miedo y la han convertido en silencio.
Que yo creí que más de diez años eran suficientes para olvidar. Y con cuánta rapidez vuelvo a ser una niña.
Te quiero mucho, mi niño, mucho como la trucha al trucho.